Simon y Garfunkel nunca integraron una sociedad paritaria. Juntos vivieron momentos de química inigualable y ambos disponían de voces hermosas, características y muy complementarias, pero el uno lo componía todo y el otro no aportaba ni una triste nota. Por eso, llegado el trance de la separación, Paul hubo de asumir la pérdida de unas armonías vocales que ya habían dejado una impronta imborrable, pero la papeleta de Art era mucho más peliaguda: proveerse de material que no palideciera frente al que había manejado junto a su amigo (y antagonista) del alma. Por eso los discos de Garfunkel son algo erráticos, aunque en ocasiones le tocara la lotería y Van Morrison le acabara regalando I shall sing (para Angel Clare, 1973), un descarte de, ahí es nada, Moondance. Pese a todos estos antecedentes, nunca podré retirarle mi cariño a este cuarto álbum, incluso tratándose del que menos ejemplares despachó durante aquella década y el que sufrió las críticas más despiadadas, por no hablar de su portada horripilante (solo superada por la contraportada, donde Art, ya con chaqué y pajarita, sostiene un hueso de pollo o algún bicho similar). Pues bien, perdono todos los excesos, la sobreproducción y hasta la melaza a cambio de dos originales tan lindísimos como Since I don’t have you y Bright eyes; el primero, una balada que habría arrasado en los cincuenta y el segundo, una balada que triunfaría en cualquier momento de nuestras vidas. Me reconforta la aproximación al pop para dandis, a lo Steely Dan, en In a little while. Pienso en Sail on a rainbow como una delicatesen que bien le podría haber entregado Christopher Cross, aunque no fuera el caso. Y me sorprende, por extraña, Take me away, donde el autor consigue atraparnos aunque parezca haberse olvidado de algún fragmento tanto en la estrofa como el estribillo. Quienes despedazaron este disco no fueron solo crueles, sino profundamente injustos.

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