Debe de andar Ben Bridwell muy preocupado por el bienestar de los seres humanos, al menos de aquellos que le incumben. Hace seis años ya se andaba preguntando si nos encontrábamos bien (Why are you OK, 2016), y el largo periodo de maduración transcurrido desde entonces le lleva a formular este diagnóstico optimista de Things are great. Pero hay en él más de aceptación de los claroscuros vitales, llegados al trance de la mediana edad, que de euforia irremisible. Y ello se traslada al tono general del álbum, muy cálido y sólido, con regusto al sonido más clásico de la formación, pero sin alardes de un vértigo que difícilmente vendría al caso ahora.

 

Sigue Bridwell abonado a algunos parámetros con los que ha dado ya nutridos ejemplos de eficacia. La escritura de este sexto álbum, como sucediera en otras entregas anteriores, tiende al himno de una manera poco evidente, más a través de la acumulación de escuchas que de la avalancha en la inclusión de elementos para la euforia del oyente. De hecho, en Things… priman los tiempos medios, como si nuestra Banda de los Caballos hubiera llegado a la conclusión de que la eficiencia, y no solo la energética, no es directamente proporcional a cuánto se hunda el pie en el acelerador.

 

Hay ejemplos de lo contrario, cierto; en particular Crutch, con uno de esos motivos crepitantes y de notas reiteradas que pueden recordarnos a los The Cure en torno a la época de Just like heaven. O Lights, artefacto poderoso para la efusividad en el calor de los pabellones. Pero no es lo más habitual, e incluso la reflexiva In the hard times entronca con los modelos tradicionales del baladón vaquero.

 

No suscita unanimidades la voz aguda de Bridwell entre todos los degustadores del americana, pero no cabe duda de que su escritura alcanza aquí un cénit que en Why are you OK quedaba más bien desdibujado. Ice night we’re having comienza intrigante antes de volverse expansiva y cantarina. Y capítulo aparte merecen audacias como la paradiña originalísima de Tragedy of the commons, una pieza que se ralentiza por un instante a los 20 segundos, como si la banda se hubiese quedado sin pilas, para ya seguir el itinerario con normalidad: hasta el nuevo amago de colapso, al minuto y medio, y todo el último tramo, definitivamente al ralentí. Es una estructura muy poco habitual. Y es una virguería.

 

Cosas de los chicos listos. Y de las ambivalencias. Entre los guiños a escenarios campestres y la esencia urbana de unos tipos de Seattle, Things are great se hace, efectivamente, grande cada vez que la aguja vuelve a adentrarse por sus surcos. Y así hasta el festín final de Coalinga, con invitación descarada a que nos incorporemos a los coros del quinteto. Los himnos: ya lo decíamos.

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