No es exactamente nuevo este material que estrena ahora Santiago Auserón, un artista que desde hace mucho prefiere ser exhaustivo y minucioso antes que prolífico. Cierto que la edición de Cantos de ultramar se ha demorado unos cuantos meses por culpa de la pandemia, pero a uno de nuestros autores más importantes de las cuatro últimas décadas le gusta escribir despacio y tan buena letra, hasta el extremo de que este repertorio lo integran 12 de las 15 piezas ya adelantadas en El viaje (2016), su muy austero álbum predecesor, que decidió registrar en desnudísimo formato de voz y guitarra. Las canciones han crecido en todo y se vuelven mucho más disfrutables y sustanciosas, pero este salto cualitativo, de paso, nos deja con hambre de títulos verdaderamente inéditos y convierte El viaje en protoálbum, en esbozo.

 

Ahora conviene prestarle toda la atención, en consecuencia, a esta grabación sabrosísima, una filigrana evidente que Auserón ha urdido en formato de sexteto con una banda de neta filiación jazzística y dos efectivos encargados del capítulo de metales (saxo tenor y clarinete, uno; trompeta y fliscorno, su compinche). Y es delicioso comprobar el juego de equilibrios entre lenguajes e influencias. Porque Perro asume una cierta vocación de crooner, por mucho que catalogue de “rock latino” el material sonoro resultante. Y porque sus espléndidos aliados, han de ampliar el espectro desde el jazz contemporáneo hasta todo tipo de expediciones sonoras por las dos orillas; en particular, las mexicanas y las cubanas, aunque algo hay entre medias de Sudamérica y hasta de Portugal.

 

El tiempo y el mimo invertidos también se traducen en una edición física cuidadísima y fabulosa. El streaming es todo lo ágil y práctico que sabemos todos, pero démonos el gustazo esta vez de recalar en el viejo formato táctil. Además de las partituras cifradas, muy útiles para músicos que quieran extender el alcance de estos cantos, nos encontraremos con reflexiones musicológicas y hasta filosóficas de gran interés, que tal es la formación académica de nuestro protagonista. Delicioso el paralelismo entre canciones y cubos de arena (página 28). Y fascinantes algunas sentencias breves, casi greguerías. Verbigracia: “La música del pueblo vecino tira de mí hacia el abismo de las pequeñas diferencias”.

 

Juan Perro conserva la voz con el cuerpo de los años mozos (Agua de limón), pero juega a menudo a que suene aquí más voluble, con una delicadeza de vulnerabilidad. Puede que nunca vuelva a ser el artista de mayorías que conocimos al frente de Radio Futura, pero este cancionero, sobre todo ahora, es una lección magistral. Un viaje de ida y vuelta para el que no escatima, insaciable, puertos ni promiscuidades rítmicas. Evidentemente, muy grande.

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