¿Quién es Chloé Bird y de dónde demonios sale? ¿Por qué apenas la detectan los radares, cómo es que no estamos todos hablando de ella a estas alturas? Queremos pensar que su condición de mujer ya no influye, menos en un año de alentadora eclosión femenina, pero sí el que se mantenga alejada de la dialéctica entre Madrid, Barcelona y demás grandes ciudades: ella proviene de Cáceres, sigue residiendo allí y fue en su Gran Teatro donde este “La luz entre las cosas” vivió hace pocas semanas un estreno que debería ser, ojalá, preámbulo para una amplia difusión peninsular. Bird tiene 27 años, es una pianista exquisita y vocalista carismática, y “The light…” supone la evolución mejorada de su álbum de debut, “The darkest corners”, aunque entre medias también ha abordado alguna aventura enfocada hacia el público familiar. Y asombra que una artista joven y sin, por ahora, gran proyección haya sido capaz de urdir este cancionero tan luminoso como dolorido, dominado por unos arreglos de cuerda preciosos que rubrica la propia Chloé y por un manejo pasmoso del pathos, del drama pop. Escuchándola nos puede venir a la cabeza Kate Bush, pero también Tori Amos y, aún mejor, Regina Spektor y Laura Marling. Palabras mayores, en todos los casos, para enfatizar un repertorio que no elude fantasmas como la falta de autoestima (“The only one I need”, “The end of the masquerade”) o las cicatrices de una relación tóxica (“I learned a lot from your mistakes”). Bird escribe en inglés y solo se atreve a incluir una canción en castellano y otra en francés (su madre es parisina), ambas con letristas de prestado. Ojalá se anime a dar el paso ella. Comprobada su excelencia, a todos los niveles, seguro que también puede.

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