Mi primer recuerdo de Daryl Hall & John Oates no es estrictamente musical, sino estético: el de un locutor bastante popular en mis años bisoños, Carlos Finaly, que les atribuía “las portadas más horripilantes” de la historia. Debían de ser los tiempos de Maneater, aquel colosal éxito de H2O (1982), un álbum de carátula muy anodina pero tampoco aterradora, así que a mí me dio por indagar entre sus entregas anteriores. Y, sin haber escuchado ninguna, me intrigaron en términos estéticos dos: X-static (1979), presidida por un radiocasete envuelto en una bolsa de congelados, era efectivamente pavorosa; y este trabajo homónimo de 1975, en el que era imposible no detenerse ante el insólito aspecto andrógino, como de estrellas del glam, de nuestros protagonistas. Y nada más lejos de la esencia de Hall & Oates, aunque quizá una portada como la que nos ocupa influiría en la vieja creencia de que John y Daryl eran o habían sido pareja, una de esas leyendas urbanas tan asentadas en el imaginario melómano como la muerte prematura de Paul McCartney. El caso es que este trabajo homónimo no era el primero del dúo, que había grabado ya tres elepés para Atlantic sin apenas la menor repercusión, incluso con Todd Rundgren o Arif Mardin entre sus productores. Y en esas, su fichaje por RCA y esta especie de renacimiento del tándem cuajó con este disco aún algo párvulo, pero que yo sigo encontrando encantador. Sobre todo, porque la intersección entre el philly soul de sus amores y los devaneos con el rock hacía auténtico chispazo por vez primera. Sara smile es un singlememorable, tan dramático y compensado en sus dos polos estilísticos, el falsete de Daryl y la guitarra eléctrica de John. Pero ahí estaban también algunos medios tiempos para derretirnos a fieles y remisos; en particular, It doesn’t matter anymore, pero sin duda también Camellia (¡qué segundas voces!) o Alone too long. Y había, además, un tema absolutamente despendolado, Gino (The manager), que contradice el viejo adagio de que un título hortera no puede sostener una gran canción. Esta lo era: durante sus cuatro minutos no dejan de acontecer cosas y sucederse ganchos melódicos y rítmicos, lo que la convierte en adictiva. Adicción: un término muy propio para el rubio y el moreno, otro ejemplo fantástico de que con los placeres culpables podemos prescindir de la culpabilidad y entregarnos a unos brazos la mar de placenteros.

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