Pocas bromas. Dejar de reconocerle a estas alturas los méritos y la hoja de ruta a José Luis Perales constituiría una especie de negacionismo posmoderno, la obcecación terraplanista de los estrechos de miras y mente. El conquense decide, a sus casi 75 años, hacerse a un lado y entonar el adiós con una gira en 2020 y esta magnífica puesta al día de su catálogo, una caja triple (con película documental en DVD, por añadidura) que ofrece una panorámica generosa pero inevitablemente sucinta de lo que ha sido este casi medio siglo de anotaciones al natural sobre el amor y la vida misma. Las 35 canciones quintaesenciales de aquí, sobre un catálogo que supera con holgura el medio millar, certifican la habilidad de nuestro personaje para la melodía de hondura y el retrato de los avatares sentimentales, sobre todo esos desamores en los que la mujer ha de afrontar el sinsabor de haber lidiado con tipos de dudosa catadura. La temática es algo recurrente, y de ahí que Perales se haya percibido como un personaje caricaturizable. Pero también hay que avisar sobre la habilidad de este hombre para retratar situaciones y conflictos familiares para cualquier oyente, o sobre cómo sublimar la canción de amor (Te quiero) con más ternura que solemnidades, hasta el extremo de que esa pieza se haya convertido ahora en emblemática en el repertorio de una banda, Elefantes, cuyos integrantes podrían ser hijos del autor. Nuestro protagonista se ha tomado la molestia de regrabar el material, para que suene con más brillo y poso, y bajo la producción hábil de su hijo, Pablo (aunque no habría sido mala cosa aprovechar para desnudar algunos originales y dejarlos algo más esenciales, aprovechando que la voz de papá ha ganado en gravedad y hermosura). El primer álbum, Recuerdos, es un grandes éxitos inapelable, con 15 canciones conocidas y conocidísimas; solo Que canten los niños sigue resultando de una ñoñería muy difícil de digerir. El segundo, Retratos, sirve para que José Luis aporte sus lecturas personales de canciones que entregó a otras voces ilustres, y constituye una deliciosa ocasión para reinventar Porque te vas, Le llamaban loca, Ven a mí, Qué no daría yo… Por último, Melodías perdidas sirve como labor de rescate: favoritas de José Luis que, en contra de sus cálculos o predilecciones, pasaron inadvertidas o cayeron pronto en el oído. Y es interesantísimo, claro, hurgar en el escrutinio del autor frente al de la audiencia. Recuerdo un tren, por ejemplo, es sentimental, autobiográfica y sentida, y se sale del sendero amatorio para hundir los pies en el autorretrato desnudo. Una preciosidad, pese a quien pese.

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