No hay más que verle la carita, sin necesidad de un cursillo de fisonomista: Marlon Williams es un chico triste. O, al menos, atraviesa una mala racha, como corresponde a esos momentos de la vida en que el corazón estalla hecho añicos. “Make way for love” es un disco de ruptura con todas las consecuencias: sangra a borbotones sin que su autor haga el menor amago por detener la hemorragia. La tristeza como carburante creativo quizá bordee el tópico, pero este jovencito neozelandés lo hace rematadamente válido. Es solo su segundo álbum (ve la luz el 16 de febrero) y hasta ahora le teníamos por un muchacho afín al ‘country’, pero aquí se deja de circunscripciones y rubrica fabulosas baladas taciturnas (“I didn’t make a plan”), lamentos escalofriantes con la sola compañía del piano (“Love is a terrible thing”, título explícito para una llorera que solo le habríamos imaginado a Antony Hegarty) y medios tiempos (“Who’s chasing you”) que podríamos pasarnos canturreando todo el santo día. Al final, el desencadenante de tantas penurias e hipidos, de nombre Aldous Harding, se alía con el protagonista en otra pieza de título apocalíptico, “Nobody gets what they want anymore”, emocionantísima con esas cuerdas suntuosas y concebida a horas muy poco prudentes. Está claro que el aguijón del dolor le ha sentado muy bien a la escritura de nuestro lánguido kiwi. Tiembla, Richard Hawley: a Williams también le asisten los espíritus de Elvis y Roy Orbison. Nosotros, desde nuestro egoísmo de oyentes en las antípodas, solo podemos desear que sus heridas no acaben de cicatrizar del todo.

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