No fui un descubridor precoz de Nick Drake, qué va. Las crónicas hablaban de discos demasiado doloridos, testimonios de una vida breve y desdichada. Drake debía ser un hombre frágil, atormentado: su ensimismamiento, el pavor por los escenarios, la congoja de saberse distinto e hipersensible, el infierno último de la depresión y los psicofármacos. Un horror. Entrar en el universo de FLL se acabaría convirtiendo, finalmente, en una conmoción. Es difícil imaginar una obra más hermosa. Nick era dueño de una voz delicada, de cuerpo escaso, pero esa garganta tenue nos apuntaba directamente a la yugular desde la primera estrofa de “Time has told me”: “El tiempo me ha contado / que eres un raro hallazgo / Una cura conflictiva / para una mente con problemas”. Cuesta casi acordarse de respirar durante estos 40 minutos sin mácula: la guitarra del propio Drake, a menudo con afinaciones alternativas; los arreglos de cuerda de Robert Kirby, erigiéndose en canon para las siguientes décadas; el chispazo eléctrico de Richard Thompson, ya entonces inconfundible; la producción del visionario Joe Boyd. Y por encima de todo, las canciones. Esas melodías que no podrá arramblar ni el azote de los siglos: “Way to blue”, “Cello song”, “Day is done”, “River man”. Este disco ha sido fascinación, obsesión, objeto de conversaciones compulsivas. Hubo un tiempo en que procuraba disponer de uno o dos ejemplares extras de “Five leaves left” en casa, para regalárselos a amigos que lo desconocieran. Al final, siempre bordeo la lágrima cuando escucho a Nick, en el fabuloso cierre (“Saturday sun”), murmurando: “El sol del sábado llegó sin avisar /y nadie supo qué hacer”. El retrato de un hombre estupefacto, aturdido, que nos dejó uno de los más bellos salvavidas concebidos por el ser humano.

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