Frente a la absurda dicotomía entre Blur y Oasis, aquella rivalidad empostada y falsaria (¿quién compararía a Dios con un cuñao?), Suede se erigieron desde su mismo alumbramiento en una especie de involuntaria tercera vía. Eran los únicos de la época que no pretendían resultar modernísimos, sino más bien adscritos a la vieja escuela. Miraban con descaro a los tiempos del glam y convirtieron la ambigüedad sexual en bandera. Eran evidentes la presencia de la sensualidad y la seducción en el menú, pero el primer y homónimo elepé, en 1993, venía ilustrado por aquel apasionado morreo en el que nunca acabamos de averiguar el andrógino sexo de sus protagonistas. El protagonista de esta segunda entrega sí que era claramente un muchacho, completamente desnudo y despanzurrado de espaldas en su cama. Y pese a la belleza estilizada de sus formas, no había manera de determinar si la pose tenía más de sicalipsis o de melodrama. Porque eso mismo, la tragedia y el manierismo, marcaba todo el extenso minutaje de un disco que rozaba la hora de duración y que nos ocupó muchas más en nuestras vidas, porque era imposible dejar de escucharlo.

 

Dog man star tiene mucho de glam con pajarita, de guiño a los setenta más escorado hacia Bowie que en dirección a T-Rex. Incluía New generation, que podría haber aparecido en Ziggy stardust y lo habría agrandado aún más. Pero también aportaba lujo en las rutilantes y decadentes The wild ones o Still life, con sus cuerdas arrolladoras y ese Brett Anderson abrazado a un pathos tremebundo, como si del sobrino predilecto de Scott Walker se tratase. Y todo ello sin renunciar a las guitarras saturadas y enfáticas de Bernard Butler, un instrumentista sensacional que cargaba el ambiente de oscuridad e inquietud. Todo tan intensamente bello que casi intimidaba.

 

No fue difícil averiguar que tanta hermosura contrita provenía no solo del talante de sus artífices, sino de la tensa relación entre Brett y Bernard. Dos años antes parecían un tándem invencible, pero, a la manera de Morrissey y Johnny Marr, acabaron tirándose los trastos a la cabeza a no mucho tardar. De hecho, Dog man staracabaría viendo la luz en otoño (cuándo, si no) precedido por la noticia del portazo de Butler. Así pues, el mismo futuro de la banda (qué irónico comenzar con Introducing the band: ¿nos estaban presentando ya solo un espectro?) parecía en entredicho cuando este arrebato de lirismo se nos apoderó del corazón. El grupo se había bautizado a partir de Suedehead, aquel estreno en solitario de Morrissey. Todo encajaba.

 

Luego resultó que Brett encontró a un casi adolescente, el fabuloso Richard Oakes, y juntos siguieron escribiendo páginas grandísimas (salpicadas por distintos altibajos y seísmos internos, eso sí). Pero Dog man star era a la vez decadencia y éxtasis. Era Bernard impartiendo lecciones de guitarra contemporánea en This Hollywood life. Era énfasis tremebundo. Cuánta compañía nos ha hecho. Cuánta falta nos sigue haciendo.

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