Cuidado, la memoria puede conducirnos a engaños. En contra de lo que pudiéramos recordar, The B-52s no era una banda demasiado popular a finales de los ochenta. Es más, algunos la daban por desaparecida (a falta solo de confirmación oficial) después de que uno de sus fundadores, Ricky Wilson, hubiera fallecido por sida en 1985 y que el álbum finalizado a duras penas tras su desaparición (Bouncing off the satellites, 1986) supusiera un aparatoso traspié. Nunca habían sido estos chicos y chicas de Athens, islote progre y bohemio en las pacatas tierras de Georgia, una banda para mayorías. Eran disparatados, desmelenados y corrosivos, pero sentían debilidad por la transgresión: se decían devotos de Yoko Ono y les divertía la música surf o esas bandas sonoras cutres para películas baratas de ciencia ficción. Todo muy loco. Pero Cosmic thing demostró, por una vez, que se podía ser singular, personalísimo y fiel a las extravagancias propias sin resultar invisible para las listas de éxitos.

 

Cosmic thing no llegaba a alcanzar la condición de cósmico, pero sí de confluencia mágica de factores. El contraste entre la voz chillona de Kate Pierson y el histrionismo casi recitado de Fred Schneider seguía acaparando el protagonismo, pero a ese punto estrafalario de art-rock, deudor de las enseñanzas de David Byrne, se le unía ahora el brillo y esplendor de dos productores estratosféricos, Nile Rodgers (Chic) y Don Was (Was Not Was). El disco no solo era vívido y divertido, sino que sonaba como un cañón. Y sus firmantes se habían puesto las pilas con el mejor lote de originales desde los comienzos: incluso por encima de aquel glorioso disparate, Rock lobster, con el que les habíamos visto nacer.

 

Love shack era funk despepitado, una pieza tan adictiva y oronda que solo podía triunfar, sí o sí. Lo mismo le sucedía a la otra gran baza comercial, Roam’, con la Pierson indagando en los límites físicos del verbo “desgañitarse”. Pero no eran los únicos argumentos. Deadbeat club apuesta por el tiempo medio y una temática extrañamente sombría para demostrar que el ahora cuarteto también podía ponerse serio. Guitarras y batería crepitan en Bushfire, y de no ser por las intervenciones ocasionales de Schneider la confundiríamos con un inminente single de las Bangles (con deje final a lo Stevie Nicks). Channel Z regresa a los parámetros de la ciencia ficción pintoresca y los pajaritos iniciales de Junebug dan paso a otra joya funk con ecos tropicales.

 

Cabe abducir que nuestros amigos podían haber cerrado el telón antes de Follow your bliss, un intrascendente epílogo instrumental que casi parece música de librería para títulos de crédito. Podemos levantar la aguja y volver a empezar desde el principio, porque nada parece ajarse en este disco inmaculado.

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