El ser humano, siempre tan impredecible en sus relaciones con el prójimo. The Jayhawks ha sido durante el último cuarto de siglo una de las formaciones más imprescindibles del rock americano y alternativo, pero su futuro siempre estuvo marcado por la incertidumbre en el difícil equilibrio de fuerzas entre sus dos líderes históricos, Gary Louris y Mark Olson. Desaparecido definitivamente el segundo tras un intento de reconciliación, en 2011, que acabó entre suspicacias y heridas difícilmente soportables, el quinteto parecía llamado a contar con un cabeza de filas plenipotenciario. Y en esas resulta que Louris ha preferido ensayar una fórmula rabiosamente colaborativa, en la que cuatro de los cinco integrantes rubrican y defienden con voz propia sus composiciones. Como si de un Estado confederal se tratase, los de Minnesota ahondan en sus mecanismos de democracia interna. Y el resultado, lejos de asemejar un batiburrillo, se convierte en una de las entregas más estimulantes en estas tres décadas de trayectoria.

 

En el fondo, cabe ahora sospechar que Olson, tan decisivo en los tiempos gloriosos de Hollywood town hall (1992) y Tomorrow the green grass (1995), se había convertido en una rémora: ostentaba una bicefalia que ya no le correspondía. Y aliviado probablemente con su marcha, Louris se ha sentido más libre, a la postre, para repartir juego. Ya era todo un indicio que la anterior entrega, Back roads and abandoned motels (2018), se abriera con la voz de Karen Grotberg. Ahora el cancionero es casi paritario entre Grotberg, Louris y los otros dos miembros más longevos, el batería Tim O’Reagan y el bajista y cofundador Marc Perlman. O’Reagan, del que ya conocíamos sus excelencias vocales, se erige en un estilete casi de power pop (Dogtown days, la espectacular Society pages), mientras que, discreta como siempre tras los teclados, Karen protagoniza la bellísima Ruby, pieza empapada de nostalgia y acordes oscuros que habría brillado en el repertorio de los Carpenters.

 

En último extremo, con todo, los galones casi nunca son fruto de la casualidad. El magnánimo Louris se dosifica, pero deja su marchamo, siempre luminoso, adorable e inconfundible, en This forgotten townBitter pill. Y se aparta un poco más del guion con Living in a bubble, irresistible con ese piano de honky tonk: una de sus mejores composiciones en años, lo que, en su caso, siempre es mucho decir. 

 

Quienes temieran a la diversificación de fuentes parecen olvidar que la pluralidad de voces también forma parte de la mejor tradición de la música popular. ¿Se nos ha olvidado la convivencia entre unos tales Lennon y McCartney, con otro tal Harrison encarnando la tercera vía? ¿Somos conscientes de que una de las formaciones más exitosas de la historia, Fleetwood Mac, lo fue por la alternancia de voces y firmas entre Buckingham, McVie y Nicks? ¿No nos suena, acaso, el nombre de Pink Floyd? Lo más maravilloso de XOXO, junto a la enormidad de algunas canciones, es constatar que una banda puede sorprender y cambiar el paso a la altura del ¡undécimo! álbum. Si le hubieran puesto un título un poquito menos ridículo y más afortunado, ya la felicidad sería completa.

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