Acreditan los Stones cuatro o cinco álbumes inmortales y otros tantos extraordinarios, pero puede que ninguno produzca tanto asombro como este. Y no solo por el contenido, ¡majestuoso!, sino también por el contexto. Maravilla pensar que, a la altura ya de su noveno disco (o undécimo, en función de cómo realicemos el cómputo), una banda pueda sonar tan rabiosa y enchufada, con tanta hambre. Solo el nervioso pellizco inicial de guitarra en “Brown sugar” y la manera en que Charlie Watts sacude las baquetas, esos 10 o 15 segundos de chispazo para prender la maquinaria, auguran lo que terminará sucediendo: cinco tipos sucios y malencarados haciendo historia. Sucede además que los chicos acababan de quedarse solos, con aquel epitafio de “El sueño ha terminado” acongojando aún a la parroquia, pero Jagger, Richards y amigos vivieron la defunción de los Beatles como una espoleta. Y aunque los de Liverpool siempre habían sido mejores que ellos en formato LP, estas diez canciones son inexpugnables desde cualquier ángulo. Más incluso, seguramente, que cualquiera de sus fabulosas entregas durante la década prodigiosa. “Brown sugar” es lúbrica y da calambre, pero no menos que “Bitch”, donde unos metales arrolladores batallan por hacer suyo el memorable ‘riff’ de guitarra. Hay dos acercamientos maravillosos al country-rock, la imperecedera “Wild horses” y la irresistible “Dead flowers”. Y el recién incorporado Mick Taylor demuestra en “Can’t you hear me knocking” (con una coda extensa, a lo Santana) que fue el mejor guitarrista de que dispuso la casa, y que nos disculpen los señores Jones y Wood. Había droga, blues y sicalipsis a borbotones en estos surcos, pero también unas cuerdas fantásticas para rematar “Moonlight mile”. Y, por haber, había hasta el estreno del mitiquísimo logo de la lengua. ¿Alguien da más?

 

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