Si tenemos en cuenta que MSDL – Canciones dentro de canciones (2020) era una mera secuela de Mismo sitio, distinto lugar (2017), nunca habían tardado tanto los seis integrantes de Vetusta Morla a la hora de abordar su reencuentro discográfico con una hinchada cuyos integrantes se contabilizan por cientos de miles. La curiosidad, incluso la ansiedad, con la que se acoge este Cable a tierra era muy acentuada, y la banda madrileña responde al reto con una pirueta que más parece salto mortal, y no precisamente pequeño. Este quinto o sexto álbum en estudio de Pucho, Guille, Juanma, David, Álvaro y Jorge es el que más se aparta de los cánones establecidos desde 2008, el menos vetusto en términos apriorísticos. El más audaz. Ser valiente no es solo cuestión de suerte, sino de actitud. Y el ejercicio de valentía que encierran estas 10 canciones supone, desde ya, uno de los grandes acontecimientos que tendremos que asignarle en su haber a este 2021 de todas las incertidumbres.

 

“Que a tu banda favorita aún le queden muchos años / y que su mejor canción aún esté por venir”, canta Pucho en Al final de la escapada, el epílogo del álbum y una de las piezas más luminosas y estimulantes que VM ha registrado en estos ya casi tres lustros de actividad desde la primera línea de fuego. Late un espíritu evidente de resarcimiento a lo largo de estos 35 minutos, con seguridad derivado de la pandemia y todos sus dolores y quebrantos. Pero Cable a tierra también parece una reacción frente a la naturaleza más fría, sofisticada e industrial de Mismo sitio, distinto lugar, un álbum muy berlinés no solo por su materialización geográfica. Esta apelación al terruño tiene algo de reseteo, de reencuentro con las esencias, de alianza con unas formas tradicionales que, a fin de cuentas, representan el corazón mismo de la canción como unidad de medida. Incluso como unidad de vida.

 

Y hay vitalismo, sin duda, en este álbum riquísimo, desbordante; arrollador como el paso de un río, en pleno deshielo, bajo el puente de entrada al pueblo. Puede que algunas, o bastantes, de estas nuevas composiciones desconcierten a muchos seguidores de la banda, acostumbrados a un sonido más épico y coreable, más propicio al salto abrazado. Pero había ya indicios de dulcificación en el quehacer melódico de Guille Galván y Juanma Latorre, los grandes alquimistas en esta maquinaria fabulosa de seis ejes. No teníamos más que prestarle atención a Los abrazos prohibidos, el himno que les regalaron a los profesionales de la sanidad en lo más crudo de la primera ola coronavírica; o a Reina de las trincheras, la nana que encabeza la (soberbia) banda sonora, instrumental y casi ambient en el resto de su desarrollo, para La hija, el más reciente largometraje de Manuel Martín Cuenca.

 

Los indicios estaban ahí, para quien quisiera advertirlos. La propia reformulación de Canciones dentro de canciones ya lo era, como si los de Tres Cantos se revolvieran frente al capítulo que protagonizaron con Mismo sitio… Pero Cable a tierra llega mucho más lejos y encuentra escasos antecedentes, más allá del sutil apego por el folclor latinoamericano que ya latía en Alto, la gran joya olvidada de La deriva (2014). Sin muchas más redes de seguridad, los seis músicos se embarcan en un laberinto de alusiones a copla, canción española, compases de diez por ocho, panderos cuadrados e instrumentos de cuerda tradicional, e incluso incurren en la audacia extrema de samplear un motivo de No me quieras tanto, la canónica copla de León, Quintero y Quiroga, para La virgen de la humanidad. Nadie lo había visto venir, pero el resultado es fascinante.

 

No ocultaron nuestros seis protagonistas sus nuevas intenciones con los adelantos del álbum, ya que tanto Puñalada trapera como Finisterre son piezas de acentuado sustrato folclórico, que no desentonarían en los repertorios de El Naán o Xabier Díaz. También hay bastante de melodrama coplero y cinematográfico en la absorbente Corazón de lava, mientras que la mencionada Al final de la escapada, desde su latinidad, insinúa una banda de gaitas que los vetustos no se han atrevido a incluir en el colofón. Lástima: podrían haber dejado para la posteridad su particular Mull of Kintyre.

 

No todo es musgo y trilla, con todo, porque, pese a su idiosincrasia terruñera, seguimos enfrentándonos a una banda de rock con guitarras. Y es un mérito inmenso que el universo estilístico y sonoro de Vetusta Morla prevalezca incluso en unos parámetros que cualquiera imaginaría alejados. No seré yo es el más abrumador de los episodios enérgicos, con el atractivo adicional de una interpretación vocal fabulosa de Pucho (más vulnerable que nunca; mejor cantante, incluso reeducado en técnica, durante todo el elepé) y el arsenal de virguerías sutiles que proporciona la producción de Carles Campón, Campi, ese hechicero catalán que ya había puesto en marcha su máquina de chiribitas en trabajos de Drexler, Xoel López o Natalia Lafourcade. Y también hay rock orgulloso y enrabietado en Palabra es lo único que tengo, de los pocos episodios, en principio, propicios para desmelenarse cuando estos 10 cortes acontezcan sobre las tablas.

 

Hay, en fin, mucho que escuchar y paladear en un álbum breve pero intensísimo; esperanzado pero ácido, como en sus consideraciones sobre la inteligencia artificial (La virgen de la humanidad) o la demoledora alusión al “lorazepam y gasóleo” en La diana. Y hay, por si fuera poco, una balada de belleza sublimada, Si te quiebras, que coge el testigo de Al respirar en los parámetros de la “canción más bonita del mundo”. Que no llegaba desde la playa de la Concha, honestamente, sino desde la áspera meseta. Por más que se les busque las cosquillas a Vetusta Morla, apresúrsense a claudicar: hoy son, por estos pagos, aún más insuperables.

 

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