«Me gustaría que tuvieses una mujer más feliz, alguien a quien le gustara el sol…». Michelle Zauner desliza esta confesión en la letra de Winter in L.A., una canción que guiña el ojo a los Beach Boys pero renuncia a la energía solar, y es muy probable que le sirva como autorretrato. Así de inequívoco es el estado de ánimo de la mujer al frente de Japanese Breakfast, que para su cuarto álbum apela a la tristeza y la melancolía desde su mismísimo título e imprime así un giro radical en cuanto a la temperatura emocional respecto al crepitante Jubilee (2021), un álbum también explícito en su enunciado y con el que la artista de orígenes surcoreanos y residencia en Filadelfia se convirtió en una de las autoras más admiradas del planeta indie.

Este juego del haz y el envés siempre puede dar mucho juego en términos creativos, y For melancholy brunettes… acaba refrendando en ese sentido las expectativas. Es, en efecto, un disco más denso y atribulado que su antecesor, una colección marcada por la espesura de los teclados y el carácter poco instantáneo del discurso. Incluso podríamos argumentar que Michelle renuncia al recurso del tarareo e invita a la escucha reiterada para adherirse a su ideario, una verdadera temeridad en estos tiempos abonados a la ingesta rápida, la deglución instantánea y el olvido inminente. Pero ella, además de triste, demuestra ser concienzuda. Y elevada en sus aspiraciones: Orlando in love, el primer sencillo, apela a la obra homónima del poeta renacentista italiano del quattrocento Matteo Maria Boiardo, una referencia que excede los límites comunes de eso que llamamos «cultura general».

Por eso insistimos en la importancia de dedicarle tiempo a este disco hermoso, sosegado e hipnótico (Honey water), una obra producida no en vano por Blake Mills y en la que las referencias ochenteras, tan comunes ya en trabajos previos de Zauner, parecen apuntar en buena medida hacia David Sylvian y sus iniciáticos Japan. También a Fiona Apple, una de las protegidas de Mills, en el caso de Mega circuit, un magnífico ejemplo de ese carácter progresivamente adictivo de un álbum exigente consigo mismo, con el oyente y hasta con la manera de concebir su propia creación.

He aquí, en suma, un disco que propicia la confluencia entre paisajes acústicos y hasta cándidos (Leda, la maravillosa Little girl) con otros mucho más propensos al borrón y la turbulencia. Y que acaba descolgándose con un prodigio de perezosas resonancias country, Men in bars, en el que la frágil y preciosa segunda voz es cortesía ¡del actor Jeff Bridges! Lo que se dice un magnífico giro de guion para rematar la jugada.

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