Esa media melena enmarañada que luce nuestro protagonista en la imagen esconde en parte el rostro de uno de los cantautores más lúcidos, pintorescos, atípicos y socarrones que pueblan el panorama peninsular entre los creadores de arpegios con buena letra. Inmerso en esa delicada frontera emocional que delimita los veintimuchos de los treinta y algunos, el coruñés Alejandro Roura encarna una intersección perfecta entre la ternura y la condición de perro verde: rubrica pequeñas páginas grandiosas que casi nunca resultan obvias ni instantáneas, pero que crecen en cada escucha y a cada destello. Y que invitan a la media sonrisa a medida que las vamos desentrañando.
Este segundo álbum (sucesor del ya lejano El ruido de las pestañas, de 2020, aunque entre medias hubo un EP de cuatro canciones) se erige desde el título en un homenaje burlón a sí mismo: no maquilla flaquezas ni calamidades, apela a la sorna y el sarcasmo para descifrar esa realidad casi siempre incomprensible, pellizca sin ánimo de hacer sangre pero sí de avivarnos la circulación. Maestro en las congojas del amor y de la vida, gallego de libro en cuanto al tormento existencial y la tisana de la retranca como único tratamiento válido a efectos paliativos, Roura tan pronto hace balance de sus recuerdos universitarios compostelanos (2015) como se extraña de su propio bienestar ante los episodios más niños (Está bien, puro nihilismo), planta cara a los fantasmas interiores más desaforados (Náuseas de la imaginación) o utiliza la geometría inquietante de La pirámide como metáfora de todo aquello que, para nuestro mayor desasosiego, no podemos corregir, eludir o transformar.
Pero nada tan maravillosamente desconcertante y diferente como Dafne, sin duda, la historia de una mujer a la que le excitan los grupos consonánticos, casi a la manera de aquella escena en Un pez llamado Wanda en la que Jamie Lee Curtis acaricia el orgasmo solo con la pronunciación de determinadas palabras en italiano. La ocurrencia es puro y delicioso surrealismo, así que nada mejor que un soliloquio en torno a esa misma cuestión fonética a cargo del escritor Juan José Millás (“reflejan la densidad escondida en lo cotidiano, son nudos lingüísticos…”), que recita en primera persona, a modo de cameo, sus propias palabras. Y no, eso no lo habíamos visto venir…
En virtud de su deje arrastrado en el timbre de voz, es probable que con Roura nos vengan a la cabeza los nombres de Javier de Torres y, sobre todo, Nacho Vegas, un influjo aún más plausible si reparamos en el gallego y el gijonés comparten esa alergia demoledora a la autocomplacencia. Alejandro tendrá que ser Querido tal y como es, con sus rémoras e imperfecciones. Con el perfil bueno y también con el menos fotogénico. Por eso este Querido Alejandro acaba convirtiéndose en un álbum tan excitante y esperanzador: porque rehúye todo manierismo y cualquier amago de postureo. Aquí nadie pretende salir guapo en la foto ni aplicarse un filtro antiarrugas, sino hablar con sagacidad y hasta vehemencia de nuestros flancos débiles. Que los tenemos todos, también los influencers y la muchachada que se esculpe la figura cada tarde en el gimnasio.
Es un camino de riesgo, no lo neguemos, pero Roura es lo bastante hábil para rodearse de gente sagaz y alternativa como él. Ejerce como productor Aitor Flamingos, los violines y (sospechamos) muchos consejos provienen del siempre imaginativo Manu Clavijo, y Patricia Lázaro hace segundas voces y se convierte a la vez en musa y cameo para la pintoresca Las orejas de Patricia (“tantas cosas que ignoro en la vida / y esta tarde solo una me intriga: / ¿A qué sabrán las orejas de Patricia?”). Háganse a la idea de por dónde van los tiros y adéntrense en esta colección pintoresquísima: solo Roura, nuestro querido Alejandro, podría dedicarle un disco “al hipnotizador”.