Bill Withers surgió de la nada, pero desde el primer momento ya lo tenía todo. Siempre tuvo mucho de enigma: huidizo, libérrimo, solitario, inquebrantable en la toma de decisiones en primera persona. Siempre impresionó que decidiese dar un portazo en 1985 y que jamás, hasta este triste adiós en los días más tristes de nuestras vidas, accediera a registrar una escueta nota más en su historial, al menos de manera pública. Fue sigiloso hasta en su despedida: falleció el 30 de marzo, pero no trascendió su último adiós, a los 81 años, hasta este 3 de abril. 35 años largos de un silencio del que nadie fue capaz de apartarle: ni siquiera Questlove (The Roots), en esa ya icónica imagen en el Carnegie Hall neoyorquino, postrado ante él de rodillas durante el homenaje de 2015 para implorarle que volviera a colocarse frente al micrófono.

 

No sabemos de qué habría sido capaz, pero nos quedarán siempre sus nueve álbumes (ocho en estudio y el mitiquísimo Bill Withers Live at Carnegie Hall), en particular esos inicios pasmosos, deslumbrantes, cuando irrumpió como un cohete interestelar en la escena del soul y la música negra de los primeros años 70. Nadie había barruntado su aparición súbita; era un hombre humilde, de empleos rutinarios, atormentado aún por las burlas que la tartamudez la había granjeado en sus años mozos. Y sus dos primeros discos plantean una disyuntiva insalvable: escoger entre Just as I am (1971) y este Still Bill (1972) nos colocaba en una tesitura tan endemoniada como decidirse entre Astral weeksy Moondance, entre Ommadawn o Tubular bells, entre papá y mamá.

 

Still Bill es, en cualquier caso, una barbaridad. Quema, pero no puedes ni quieres apartar la mano. Entra en incandescencia con Lonely town, lonely Street (Bill ni siquiera necesitaba abrir fuego con la pieza más eterna del lote) y ya no baja la intensidad de la llama. Abraza a la vez a Stevie Wonder, Bobby Womack y Curtis Mayfield, pero suena distinto a cualquier otra cosa que hubiéramos escuchado antes. Y no admite tregua: a la brutal Use me, con esos teclados para el baile adictivo, le sucede la excelsa Lean on me, que es, sencillamente, una oración perfecta.

 

Still Bill es, en una palabra, irresistible. Colosal, si queremos una segunda. No opongamos resistencia. Es inútil. Y no nos hace ninguna falta.

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