Llegará el día en que se agote el arsenal en los portentosos archivos dylanitas, pero, mientras tal cosa sucede (y da la impresión de que aún queda munición para unas cuantas temporadas), la llegada de cada nueva entrega de estos Bootlegs es uno de los mejores motivos para ponerle buena cara a los meses del otoño. Las grabaciones inéditas ni una sola vez han dejado de ser sustanciosas (y son muchas docenas de horas las ya desempolvadas), además de reveladoras y elocuentes, y esta exploración del periodo entre 1967 y 1969, aun siendo de los más yermos en el historial de Dylan, también aportará un puñado de motivos para la excitación entre la parroquia de fieles. Zimmerman concluyó la década dorada de manera desconcertante (un adjetivo tantas veces asociado a sus decisiones artísticas), tan capaz de dar forma ininterrumpidamente a docenas de sus más fabulosas composiciones de todos los tiempos (en la alquimia mágica de aquellas Basement tapes junto a The Band) como de entregar, tras su extraño accidente de moto y desaparición subsiguiente, los dos trabajos más acomodaticios y decepcionantes de cuantos firmó durante los sesenta. Entendámonos, nadie en sus cabales desdeñaría John Wesley Harding (1968) ni Nashville skyline (1969) en su producción, pero veníamos del hombre que había dejado para la eternidad tanto Highway 61 revisited como Blonde on blonde. Y, sobre todo, desazonaba el acercamiento de Dylan a la estética, pautas y geografías del country, una música mucho más tradicnal, conservadora y propia de sectores reaccionarios que la psicodelia, el garaje o la contracultura. El primero de los tres cedés del lote confirma las sospechas: las versiones alternativas de 14 de las canciones más emblemáticas de los dos álbumes presentan hechuras magníficas, pero variaciones poco elocuentes respecto a las versiones que en su momento se dieron por oficiales. Y solo se desliza un inédito, un blues rasposo, Western road, que no encajaba nada bien con el espíritu de Nashville…, ese trabajo raquítico en el que Dylan, por si no el personal no encontraba motivos suficientes para soliviantarse, adoptaba esa voz ridícula y afectada de trovador apopléjico. La gran joya de Travelin’ thru la encontramos, sin duda, en el disco 2, con el que al final adquieren validez oficial las célebres y mitificadas sesiones de grabación junto a Johnny Cash, que nunca llegaron a darse por válidas. La química era solo regular y, sobre todo, Bob queda como un actor secundario frente a Johnny, que para eso jugaba en casa en un contexto tan campestre. Pero Guess things happen that way o los sorprendentes acercamientos a antiguallas como You are my sunshine, Matchbox o That’s all right mama dejarán rebosante de satisfacción a la hinchada más militante. En contraposición, el tercer y último disco del lote no pasa del valor documental y anecdótico, porque las grabaciones televisivas, junto a Johnny Cash pero también en feliz comandita junto a Earl Scruggs, son algo deslavazadas y presentan un sonido algo precario. Pero hay dos descartes de lo que acabaría siendo Self portrait (1970), el trabajo más caótico, deslavazado y vilipendiado del de Duluth, y los dos son piezas icónicas para el repertorio de Cash, Folsom prison blues y Ring of fire. Es decir, el amor de Dylan por la música de Cash y el universo vaquero eran reales. Aquí están las pruebas: obligatorio conservarlas a buen recaudo en nuestros respectivos archivos.

2 Replies to “Bob Dylan: “Travelin’ thru (The bootleg series Vol. 15)” (1967-69, 2019)”

  1. Para un fan serio esta edición es sin duda una decepción, el primer cd como sampler de una edición completa pasa, sin duda JWH tiene que tener un box al estilo MBMT, pero las versiones cash- Dylan siempre fueron y serán un adefesio, da la impresión que ambos tratan de hacer lo peor posible y lo logran. el tiempo no arregla nada.

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