Hay que conocer bien poco a Bruce Springsteen para sorprenderse con su determinación de honrar el soul de la vieja escuela recuperando este puñado de favoritas y debilidades personales. El Jefe siempre ha sido un devoto del género: por más que se haya filtrado solo puntualmente en el repertorio de su autoría, no hay más que escucharle esos abrumadores popurrís con clásicos de la Motown o Stax con que ha menudo ha cerrado sus conciertos de los últimos lustros, para deleite de la parroquia y de la propia E Street Band.

 

En realidad, la sorpresa llega más por el lado de las formas que por el fondo. Puestos a abordar un álbum de versiones en torno a un repertorio tan avasallador y ardoroso, podríamos imaginar al Springsteen de la vena hinchada, al maestro entregado a la causa en modo flamígero. Pero, ¡ay!, si se ha desatado en alguna ocasión con estos originales, y bien que lo merecen y demandan, no ha sido mientras la luz roja del estudio permanecía encendida.

 

Only the strong survive es, digámoslo sin demoras ni rodeos, un disco entretenido. Bruce siempre emite destellos, incluso cuando activa el piloto automático, como es el caso. La selección evita las piezas celebérrimas y los clasicazos recurrentes, lo que demuestra el dominio del firmante sobre la materia y permitirá que muchos descubran unas cuantas perlas ignotas de entre el total de 15 propuestas aquí. No, no nos encontramos ante un cancionero obvio, como le sucediera al bueno de Phil Collins cuando en 2010 consumó con Going back, un inane tributo al sello Motown, su despedida de la actividad fonográfica. Y pese a todo ello, la aventura de nuestro viejo amigo de Nueva Jersey encalla antes de alcanzar cualquier gran puerto. Es un trabajo tan correcto como romo. Le falta aderezo, sudor, resquicios. Y aspira a convertirse como un complemento ideal para una velada plácida, incluso gloriosa, pero ni se plantea el objetivo de erigirse en plato principal. Dimite de él por pura incomparecencia. Y eso, tratándose de todo un Jefazo, deja cierto regusto a patinazo.

 

No, el problema no proviene de que un trabajo a partir de materiales ajenos se nos haga extraño en manos de un autor prolífico y majestuoso, responsable de varios cientos de títulos y espejo en el que siguen mirándose docenas de trovadores por cualquier rincón del planeta. Qué va. El antecedente en materia de versiones, aquella indagación en torno a las enseñanzas de Pete Seeger (We shall overcome), nos voló la cabeza tres lustros atrás, en 2006, y otro tanto sucedería con su secuela discográfico, un año más tarde en directo desde Dublín. Ahí había una intencionalidad estética, una formulación sonora, una hoja de ruta. Esta vez, Bruce parece más interesado en apelar a la generación Spotify que a los grandes amantes de las escuelas de Detroit o Filadelfia, entre los que él mismo ocupa un lugar de excepción. Es decir, parece algo desubicado alguien a quien habríamos abrazado con los ojos cerrados como gurú, antes siquiera de desprecintar el disco.

 

Tendrá parte de culpa la determinación (insólita) de que Ron Aniello, el coproductor de la entrega, asuma todo el peso instrumental como currante confinado en el estudio, con las únicas aportaciones externas de vientos, metales, coros femeninos y el par de tímidas apariciones de Sam Moore (Soul days, I forgot to be your lover), un ilustre en funciones de meritorio. Hay momentos tan reconfortantes como Nightshift, que hace honores a los Commodores posteriores a Lionel Ritchie; o Hey, Western Union man, con cierto ardor en la garganta de nuestro protagonista. En realidad, nada desentona: apetece retomar la oronda What becomes of the brokenhearted, el pálpito rítmico de Turn back the hands of time, una melodía tan imborrable como The sun ain’t gonna shine anymore, famosa en labios de los Walker Brothers. Pero Only the strong… se conforma con servir como banda sonora, no como argumento de primer orden.

 

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