En tiempos en que la actualidad musical es más bien propensa a la monocromía, asombra echar la vista atrás y comprobar cómo, en plena transición entre los sesenta y los setenta –aquellos años cada vez más remotos e inaprensibles–, casi cualquier cosa podía suceder cuando una nueva banda cogía sus bártulos con rumbo a unos estudios de grabación. Colosseum sirve como ejemplo paradigmático al respecto. Su historia fue más bien efímera (al menos en su tramo inicial y relevante; luego llegarían coletazos varios, de interés decreciente), pero la influencia y el legado sobre docenas de grupos y al menos un par de generaciones se antojan valiosísimos. Hoy no solo fascina el sonido apabullante y apasionado de este debut visceral, a tumba abierta. Asombra aún más el hallazgo de un lenguaje escurridizo para los amantes de las acotaciones estilísticas: muchos tienden a incluirles en la división del rock progresivo, pero los orígenes estaban empapadísimos de blues y la composición final se quedaba cerca del jazz-rock, incluso con alguna derivación latina (The road she walked before). Como si Blood, Sweat and Tears y Carlos Santana hubieran tomado un vuelo chárter con destino al Támesis.

 

No han dejado ni siquiera Colosseum una pieza concreta que haga las veces de emblema o banderín de enganche, entre otras cosas porque ni se tomaron la molestia de barajar el formato de las siete pulgadas en sus cábalas comerciales. El tema inaugural de este primer álbum, el ardoroso Walking in the park, fue el único single que pusieron en circulación a lo largo de toda su trayectoria. Es puro blues-rock flamígero, del que crepita en los altavoces del salón. Y no por casualidad: el saxofonista Dick Heckstall-Smith, el bajista Tony Reeves y el batería Jon Hiseman acababan de cumplimentar algo más que un meritoriaje en la banda de John Mayall. Tres de cinco: alta concentración azul en la sangre.

 

Los mismos códigos prevalecen en Plenty hard luck, otro monumento rocoso, mientras que es imposible evitar el embeleso al llegar a Beware the Ides of March, que cita la misma partitura de Bach en torno a la que Procol Harum erigieron su A whiter shade of pale. Las comparaciones son suculentas, sobre todo por la audacia del teclista Dave Greenslade, un aventurero nato.

 

Greenslade da las últimas pinceladas de maestría en el episodio final, Those about to die, donde su Hammond profiere severos aullidos mientras el bajista mete la directa y se embala sin miramientos ni redes de seguridad. Todo sugiere vértigo en Colosseum: quizá fuera porque, como el lema romano, no les importaba saludar, ufanos, aun a las puertas de la muerte.

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