Lo de Eme Eme es un alias artístico ingenioso tras el que se agazapa la figura emergente y muy ilusionante de Marta Mansilla, una joven flautista madrileña que corrobora la existencia de una nueva escena jazzística cada vez más inquieta, numerosa e incorrecta en la capital. Y es que Mansilla agranda ese colectivo de músicos en eclosión que aprovechan su enorme solvencia técnica para salirse de madre y abandonar los territorios más académicos. De ahí que este debut notabilísimo transite con desparpajo –pero sin acabar de empadronarse en ninguno de los territorios– entre el jazz contemporáneo, el soul y el r’n’b de nueva escuela, ese que mira más a los paisajes urbanos que al exquisito canon inalcanzable de los años sesenta.

 

La flauta nunca figuró entre los instrumentos mejor representados en la escena jazzística, al menos no de manera protagónica, más allá de figuras como el entrañable y añorado Dave Valentin. Y en España siempre barajaremos el referente del excelso Jorge Pardo, aunque en su caso alternando con el saxo y con la mirada siempre más enfocada hacia la raigambre flamenca. Pero Marta se suma a otras mujeres flautistas ibéricas, en particular la gallega María Toro y la no menos notable Carmen Vela –esta, desde Madrid–, para avivar la causa de un instrumento que desde su timbre dulce y telúrico, de aparente frágil delicadeza, es capaz de transmitir también músculo y vigor.

 

Tal es el caso de Pacemaker, que alterna grandes piezas instrumentales de precioso pulso melódico (Clara) con aldabonazos de neo soul (Dillo) que no quedan lejos de los parámetros de Erykah Badu, Neneh Cherry o, en confesión de la propia Mansilla, Anderson Paak, el reciente aliado de Bruno Mars en los sorprendentes Silk Sonic. De ahí que nos asomemos a esbozos de rap (Alma, Outro) o a un cierto aroma brasileñizante en el caso de Simon Mavin’s pedal.

 

Hablando de alianzas, el cómplice necesario de Marta en esta aventura es, con un enorme peso específico, el también madrileño David Sancho, un teclista de jazz muy amante de la fusión y el eclecticismo, formado en Holanda y al que ya conocíamos por su militancia en los radicales y excelentes Monodrama. Entre Sancho y Mansilla tejen las bases de un atractivísimo edificio sonoro en el que encuentran cobijo las voces a menudo simultáneas de Virginia Alves y de At One, así como las diabluras electrónicas de Pablo Martín Jones, muy alejado aquí de sus tareas como percusionista terruñero con Eliseo Parra, Zoobazar o Fetén Fetén.

 

Y así, Pacemaker transita por universos plácidos, atractivos y razonablemente familiares (el aire casi gospel de San-Pler), se aproxima a ambientes más acústicos en la excelente pieza central y solo encalla en la autocontemplativa Silverhead, quizá más ambiental e indulgente de lo deseable. En cualquier caso, un descubrimiento excelente el de Eme Eme Project, otro nombre para barajar en un circuito en ebullición.

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