¿Un renacer artístico para Gilbert O’Sullivan, vieja y gozosa gloria de los setenta? ¿A estas alturas? Puede que muchos le tuviesen perdida la pista al autor de What’s in a kiss o Alone again (Naturally), pero su inesperado regreso homónimo de hace unas pocas temporadas (Gilbert O’Sullivan, 2018) era el refrendo de que aún quedaban sus buenas reservas de tinta en el escritorio del entrañable bardo de Watford. No hay un ápice de nostalgia o inmovilismo en los 13 cortes que conforman ahora este excepcional nuevo retorno. Al contrario: nuestro irlandés se ha convencido de que su espléndido estado de forma le permite inyectar savia nueva al cancionero en lugar de anclarse en el eterno ciclo de las recopilaciones y revisitaciones de los viejos grandes éxitos.

 

Al bueno de Raymond O’Sullivan siempre le tuvieron por un sentimental recalcitrante, y no son pocas las apelaciones al amor duradero que salpican el repertorio de Driven. Pero igual que Don’t get under each other’s skin apela por vía directa al espíritu de la vieja y entrañable Clair (es decir, McCartney en modo tarareo vintage), la deliberadamente radiante Take love, rejuvenecida en compañía de KT Tunstall, pone al día el legado de himnos inmortales como Good lovin’ (1966), de los Young Rascals. No es el único invitado ilustre: un Mick Hucknall (Simply Red) en modo sentimental y comedido, delicioso en su vulnerabilidad, le confiere hondura a un Let bygones be bygones que parece escrito por Jon Allen. Más McCartney, en definitiva.

 

Produce, de hecho, Andy Wright, habitual de Simply Red o de Simple Minds, uno de esos maestros de ceremonias infalibles para que todo suene en su sitio, como en la arrolladora Body and mind o en el corte de apertura, Love casualty, que admitiríamos sin rechistar en cualquier discazo de Steely Dan. Ventajas de muchas décadas de magisterio: O’Sullivan puede enchufar las guitarras y acercarse al blues con la misma diligencia que se sienta al piano, convoca a un cuarteto de cuerda y refrenda su infinito don melódico en monumentos atemporales como If only love had ears. O nos pone a canturrear con acelerones del empaque de Let me know, un tema que en sus buenos tiempos habría escalado en cualquier lista de éxitos que se preciara.

 

Nadie divisará, en definitiva, un miligramo de cansancio en la escritura de este caballero a la altura de sus tres cuartos de siglo. Es más: cualquier observador atento reconocerá en este Driven a aquel cantautor en estado de gracia en tiempos de Back to front (1972) o Himself (1971). ¡Albricias!

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