Manuel García García-Pérez siempre había sido un artista bastante reticente a los registros en directo. Para disfrutar de un testimonio discográfico en vivo de El Último de la Fila, de hecho, tuvimos que esperar hasta mucho después de que el tándem se disolviera. No aconteció hasta 2015, con la recuperación de unas actuaciones de la gira postrera de La rebelión de los hombres rana (de largo, el menos interesante de sus discos), y dentro de aquella caja de rarezas junto al material de Los Rápidos y Los Burros. No, definitivamente las entregas en vivo no eran una prioridad en el singularísimo ecosistema de Manolo y Quimi.

 

Las tornas han cambiado, por fortuna, y Manolo le ha cogido el gusto a esa muy lícita costumbre de documentar fonográficamente sus andanzas en la carretera. Lo hizo ya tras publicar Todo es ahora, repitió la jugada al poco de entregar Geometría del rayo y ahora completa su triplete en vivo con esta entrega, de largo la más interesante de los tres. Sobre todo porque, desligada de la presentación de un álbum en concreto, permite al autor recorrer su ya amplísimo catálogo con más libertad. Y porque el mismo concepto acústico de las actuaciones, por primera vez en las ya cuatro décadas de andanzas de García, permite reinventar el repertorio y dotarlo de matices y coloridos bien distintos de los originales.

 

García es un hombre muy generoso sobre los escenarios, un enamorado de su trabajo y del compromiso con el oyente. Jamás escatimó esfuerzos, pero en los últimos años ha abrazado un estajanovismo casi springteeniano, con recitales que rozan o superan las tres horas. Por ello, conviene avisar de que este Acústico, acústico, acústico, más allá de su título absurdo y de su condición cuádruple (dos cedés y dos deuvedés, con repertorios no coincidentes), es un documento ligeramente incompleto. Y quienes asistimos a alguno de sus cincuenta y tantos conciertos de la gira, repararemos enseguida que los principales damnificados son los títulos de la etapa de EUDLF. Ya era discutible que en aquellas noches se repasasen los años junto a Portet a través de un par de popurrís, como quien repasa mecánicamente una larga lista de peticiones del oyente. Ahora, la única superviviente, de entre un total de 30 canciones, es Ya no danzo al son de los tambores. 

 

Se trata de una decisión extraña, pero Manolo siempre fue por libre y no será ahora cuando nos sorprendamos de ello. De hecho, Los Rápidos quedan mucho mejor representados, pues a la excepcional Navaja de papel se le suman dos pequeñas joyas, San GennaroBraque, solo en la memoria de los más fieles. Más atípica aún es Solo amar, que proviene de un disco ya en sí mismo de rarezas (Sirocos). Y todas estas singularidades enriquecen el menú, que ni siquiera guarda siempre el orden original que acontecía sobre los escenarios.

 

Así pues, Acústico… es un directo intervencionista, una experiencia que no reproduce con exactitud milimétrica lo que acontecía durante la gira. Y sirve, en consecuencia, como experiencia complementaria, aún más interesante que el mero testimonio en su literalidad. Lo mejor es el calor de la cercanía: el arrojo de un hombre que no dudaba en recorrer los patios de butacas regalando abrazos (cuando se podía) y la exquisitez de una banda privilegiada, con las guitarras de Víctor Iniesta o el soberbio Josete Ordóñez (ya nos lo parecía de jovencito, en los remotos tiempos del grupo instrumental Elementales) y el hallazgo de Olvido Lanza, capaz de alternar violín y violonchelo.

 

Solo recomendamos omitir Si te vienes conmigo, donde inmortalizar el juego de onomatopeyas animales con el público (guau guaupío pío) parece muy poco memorable. Pero el nivel es muy elevado, tanto en los éxitos más consolidados como en títulos que, como Ardió mi memoriaOcéano azul, obtienen el sello definitivo de la excelencia.

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