Mark Knopfler ha casi duplicado su producción en nombre propio respecto a la que legó al frente de Dire Straits (seis álbumes de estudio), por mucho que la repercusión de esta última siga siendo inmensamente superior a aquella. Puede influir el contexto histórico, claro: Sultans of swingera en 1978 un electrizante chispazo de boogie en mitad de la cruda eclosión del punk, mientras que la finura de nuestro estilizado caballero de Glasgow se da hoy por descontada y casi amortizada. Pero puede haber otro elemento que explique la relativa discreción con que se han acogido casi siempre los trabajos de Mark Freuder Knopfler en solitario, y esa es su intercambiabilidad. Cualquiera de ellos nos asegura un grato y generoso minutaje de sosiego, elegancia, excelencia instrumental y vestiduras aterciopeladas, pero cuesta preferir un álbum frente al anterior o al sucesivo, ajustados todos a unos parámetros tan característicos que los hacen mayormente predecibles. Es difícil escoger entre ellos, cuesta que surja el impulso, la predilección. Y esa no es la mejor señal.

 

Sailing to Philadelphia es, si acaso, la excepción. Y, más allá de consideraciones, divagaciones y circunstancias, un acompañante delicioso. Aunque solo sea porque nos retrotrae al momento mágico de la transición entre siglos –cuando temíamos un Apocalipsis que, en realidad, estaba programado para 20 años más tarde– y porque nos borró los sinsabores de Golden heart (1996), un debut solista que, ese sí, genera unanimidad casi cerrada: era muy poco afortunado. Knopfler debió de ser consciente, porque se concedió cuatro años para tomar carrerilla y entregar, esta vez sí, esa pieza de orfebrería fina por la que cualquiera, de antemano, habría podido apostar toda su fortuna.

 

What is is era todo lo que cabía esperar de un primer sencillo de Mark: guitarra galopante y contagiosa para salpimentar su fraseo vocal eternamente dylanita. Pero los amigos, más distinguidos que nunca, contribuyen a reforzar el lustre de la colección. En particular, James Taylor, perfecto para el envoltorio melancólico del primoroso tema central. Y porque Van Morrison no acostumbra a fallar, como corrobora una vez más en The last laugh. Más sorprendente, y por ello excitante, es la irrupción de Glenn Tilbrook  y Chris Difford, artífices de una banda no siempre lo bastante reivindicada (Squeeze) y capaces de salirse por la tangente en Silvertown blues. Una canción tan deliciosa que hoy sería aún recordada y tarareada si hubiese lucido la etiqueta de los Straits en su funda.

 

La amiga Gillian Welch contribuye a la americanización del trabajo con sus aportaciones a Speedway to Nazareth, otro argumento impagable para desempolvar este trabajo. No, no todos los discos de Knopfler son iguales. Este pegó el estirón y le saca una buena cabeza a su hermano mayor y a todos los que llegarían más tarde.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *