En los años más dorados del vinilo, los dobles discos en directo suponían un ritual casi ineludible para cualquier artista que se preciase. Muchos servían como meras postales de las giras más significativas, maniobras dilatorias para mantener entretenida a la afición y que la espera a una nueva entrega de material inédito no se hiciese demasiado pesada, pero algunos eran complementos verdaderamente sabrosos al material de estudio y unos pocos acababan haciéndose imprescindibles. A Frampton comes alive hubo que incluirlo de inmediato en este último apartado, a pesar de unas singularidades que el tiempo solo ha terminado acentuando. La fundamental, que Peter Frampton no era un tipo en exceso conocido, ni menos aún lo ha acabado siendo tras el implacable dictamen de los lustros. Muchos jovencitos mirarán esta portada con la curiosidad de la primera vez, y quienes la conserven en su colección (fue el álbum en vivo más vendido de todos los tiempos) tal vez caigan en la cuenta de que no recuerdan ningún otro elepé del firmante. Fenómenos extraños, pero edificantes: Peter era un genuino animal escénico, disponía de buena agenda (anduvo por las sesiones de grabación de All things must pass, de George Harrison, y había fundado Humble Pie junto al veterano Steve Marriott, de Small Faces) y registraba sobre las tablas ese chispazo temperamental que en la frialdad del estudio de grabación se le resistía. Por eso Frampton comes alive funcionó como ningún álbum anterior y se erigiría en referente y motivo de frustración de ahí en adelante. Hoy nos parece pasmoso que un disco así se convirtiera en material para el consumo masivo: algunas de las piezas iniciales, de Doobbie wah a It’s a plain shame, eran rock correoso y sin mucho remilgo, la lectura de Jumping Jack flash no aporta ningún matiz enriquecedor al original y un exitazo como Do you feel like we do hoy difícilmente accedería al top 10 que conquistó entonces. Pero escuchar Show me the way y Baby I love your way equivale a desplegar una bandera hermosa, en la que el color es indiferente, y ondearla con sumo orgullo. Los setenta no habrían sido los mismos sin Comes alive, sino un poco más anodinos.

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