A veces las cosas no son como aparentan, o como el olfato del melómano con unos cuantos trienios permite barruntar. Ruston Kelly lleva años ejerciendo como chico triste, o cuando menos intenso, en esa difusa frontera entre country-rock, indie y americana, y la aparición de un álbum titulado La debilidad e ilustrado con una imagen en crudo blanco y negro, enmarcada en torno a un cristal sobre el que parece estar diluviando, nos permitiría pronosticar un álbum mohíno y ensimismado, el lamento descarnado y crudo de un hombre al que el tormento le invitaría a pellizcar hasta la sangre las cuerdas de su guitarra acústica. Y no, no van exactamente por ahí los tiros. Ni siquiera la sombra del quebranto amoroso, que gravita sobre parte del disco, convierte The weakness en un manifiesto musical para la desolación.

 

Al contrario: puede que nuestro barbado muchacho de Carolina del Sur, aunque más operativo desde los cuarteles generales de la música vaquera en Nashville, haya acertado con la colección más razonablemente polícroma de su carrera. Qué cosas.

 

De acuerdo, a Ruston se le gastó el amor hace ya algún tiempo con la (espléndida) cantautora Kacey Musgraves, una ruptura que ella testimonió y exteriorizó con un álbum monográfico, Star-crossed (2021). En contra de lo que dictaba la intuición, estas 12 canciones que afrontamos ahora no son respuesta, enmienda ni elepé de ruptura. La producción de Nate Mercereau –a quien habíamos visto apuntalando el sonido de artistas tan poco intimistas como The Weeknd o Shawn Mendes– contribuye, sin duda, a que The weakness no haya derivado en lamento trovadoresco o ensimismado. Al contrario, el tema central (e inaugural) es un latigazo vigoroso para escuchar en nuestra próxima colección de carretera, mientras que otros episodios muy radiables, desde Breakdown a Holy shit, encauzan la rabia a través de un sonido de indie-rock noventero que nos rejuvenece mentalmente no menos de un cuarto de siglo.

 

Hay también escalas en la tradición del cantautor, sin duda (Mending song, con una guitarra acústica irrefutable), y otras llamadas al sosiego como Dive, una canción absorta y abrigada por los sintetizadores que podría haber escrito S. Carey cualquier tarde-noche de estas. Es el mismo tono melancólico y evocador que desprende Hellfire, solo que en este caso con un sonido mucho más compacto y elaborado.

 

En definitiva, Ruston Kelly es un tipo que sufre cuando la vida se le tuerce, pero empuña la guitarra para enmendar el rumbo y encomendarse a nuevas luces. Es decir, se organiza mejor la cabeza que Ryan Adams. Y acaba consiguiendo que la lluvia, qué demonios, no nos altere el buen ánimo.

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