Donald Fagen y Walter Becker no tardaron en despuntar como los chicos más avanzados de los setenta. Revolucionarios casi siempre, cáusticos sin límite y elitistas sin pretenderlo: sucedía que sus elevadísimos estándares de exigencia consigo mismos dificultaban que el sector menos atento de la audiencia permaneciera atento a sus movimientos. Pero merecía la pena esforzarse y abrir bien los oídos. Pretzel logic puede que fuese su primera gran obra maestra. Llegarían otras superiores en cuanto a difusión y alcance (AjaGaucho), pero quizá nada en su fabulosa discografía supere en versatilidad e ingenio a este tercer episodio. Eso, sin mencionar el hecho de que muchos descubrimos qué demonios eran los pretzels, aquellos suculentos panecillos alemanes, gracias a este trabajo.

 

Habían tenido lugar ya Can’t buy a thrill (1972), con el empuje del sencillo Do it again, y el también espléndido aunque menos divulgado Countdown to ecstasy (1973), pero el verdadero y genuino sello de la casa se imprimió aquí. Becker y Fagen eran dos fanáticos de la excelencia, del sonido minucioso y envolvente. Y aquí fue cuando definitivamente dejaron de prestarle mucha atención a las giras (que abandonarían pocos meses después) para erigirse en los grandes adalides del trabajo rutilante en estudio. Muchas décadas después, todavía es hoy el día en que escuchamos sin cesar sus álbumes (o el primero en solitario de Fagen, The nightfly, en 1982) como música de sala en los grandes pabellones antes de los conciertos. No pocos técnicos de sonido nos lo han corroborado: nada suena igual.

 

La aristocracia sonora se apoderó de los estudios angelinos de The Village Recorder, como siempre con Gary Katz al tanto de la producción. Pero no solo se dirimía una cuestión de forma, sino también, claro, de fondo. Aun siendo Rikki don’t lose that number la canción más directa, hasta casi pegadiza, se abría con una inquietante y fabulosa extravagancia de marimba. Parker’s band, aun con sus guitarras punzantes, encarnaba un homenaje explícito y expreso al saxofonista de jazz Charlie Parker.  East St. Louis toodle-oo era una versión de Duke Ellington con banjo prominente. Y el tema central, Pretzel logic, era un blues eléctrico capaz de transformarse en jazz en cuestión de un par de compases.

 

Todo el álbum, en realidad, tiene mucho de virguería. Y de exhibición de influencias salpicadas de insólito desparpajo. Barrytown parecía escrita a la manera de Dylan, pero el bardo nunca habría sido capaz de introducir tantos cambios de acordes. La brevísima Through with buzz, con sus poco más de 90 segundos, introducía unos insólitos arreglos contemporáneos de cuerdas. With a gun, con sus polifonías vocales y su rara evolución melódica, no habría desencajado ni un poco en ese disco que aquel mismo año acariciaban y nunca materializaron Crosby Stills & Nash. Y Monkey in your soul presenta en sus primeros compases un cierto desparpajo sureño a la manera de la Creedence, aunque nuevamente despliega un laberinto armónico y melódico que desemboca en ese hierático y fascinante motivo de saxo.

 

Nunca 34 minutos obligaron a prestar tanta atención. Y nunca una banda supo conjugar al tiempo el sibaritismo y su visión sardónica de las cosas (Steely Dan, “Daniel de acero”, era el apodo que se le atribuía a un consolador en la novela de William Burroughs El desayuno desnudo). Eran muy poco roqueros, en efecto. Pero se hicieron absolutamente fundamentales.

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