Algún día de julio, verano de 1996. Una vieja tienda de discos, angosta pero recoleta, en el corazón de Dublín. Un vendedor de mejillas sonrosadas y gesto bondadoso, dispuesto a compartir una milésima parte de la sabiduría acumulada a lo largo de tantos años. La emoción de unas estanterías atestadas de nombres ignotos en una época en que la que ningún diccionario habría podido registrar un neologismo como Google, tan estrafalario. Y, de repente, la epifanía. Susan McKeown era un personaje evanescente, el arquetípico ejemplo de irlandesa afincada en Nueva York en un camino con billete de vuelta siempre incierto, como venía sucediendo a lo largo de demasiadas generaciones. Pero fue sonar el primer corte de ese primer elepé, Cé leis É?, y comprender que aquella voz suplicante iba a adherirse a los pliegues de la memoria ya para siempre.

 

McKeown era la metáfora misma de una intersección. Irlandesa en la Gran Manzana, folclorista en la metrópoli, abanderada del gaélico que hacía manifiesto su amor por los antepasados aun asumiendo la prevalencia evidente de su otro idioma materno. “Cé leis É”: quién es el dueño. Era el único verso en esa lengua extraña, magnética, ancestral, para una canción interpretada en inglés. Y que empezaba con una guitarra acústica fabulosa antes de que, a partir del segundo 51, estallaran bajo y batería. Folk-rock muy del gusto de la época (¿Eddi Reader, Mary Coughlan, Shawn Colvin?) con un ojo en el espejo retrovisor de la tradición. Como cuando Snakes, poderosa como lengua disparada de serpiente, encallaba en la célebre y secular Mná na Héireann. “Mujeres de Irlanda”: lo primero, casi lo único que aprendimos a pronunciar con aquel léxico endiablado.

Han pasado los años y los discos, un buen puñado de ellos. Todos apreciables; unos cuantos, deliciosos. Ninguno tan vigoroso como este Huesos, con tanta capacidad de evocación. Guitarras eléctricas y violonchelos cogidos de la mano. En Heart, por ejemplo. Recordemos: las intersecciones. Susan sigue sin ser artista de masas en ninguna de las dos orillas atlánticas. En tierras ibéricas, mucho menos que eso: una perfectísima desconocida. Hasta que los cazadores de las grandes esencias, de tierras húmedas y brisas que mesan el flequillo, acierten a escuchar Westlin winds. Hasta que los gourmets descubran que nadie escribe baladas tan desgarradoramente hermosas como Salomé, inaugurada por el canto profundo de un clarinete. Hasta que comprendamos que una gaita sirve para llamar a las puertas de Jericho. Y, por supuesto, hasta que sea obligatorio escuchar al menos una vez al año la soberanamente arrebatadora Love & superstition, con McKeown alzándose como solo se alzan las más solemnes plegarias. Qué grande, por favor. Qué grande.

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