Si damos por cierto que el segundo disco es el de la consagración, a Whitney tendremos que ir buscándoles hueco en los altares. Tres años atrás, Light upon the lake se erigió en inesperado advenimiento, el primer álbum de un dúo de Chicago que provenía de una banda no demasiado conocida (Smith Westerns) pero cuyo tono otoñal y sensible acababa resultando sencillamente adictivo. Todo permanece en esta segunda entrega, pero para disfrutarse mejor y llegar más lejos. Forever turned around no pretende tanto servir como evolución sino como refrendo. Ahí está la tan característica voz en falsete constante de Julien Ehrlich, un hombre que suena compungido, atribulado, ultrasensible y, sobre todo, muy emocionante. No se producen, en efecto, grandes novedades respecto a lo que ya nos había subyugado en 2016, e incluso repite Jonathan Rado (Foxygen) como productor, esta vez en comandita junto a Brad Cook (Megafaun). Pero la sutil incorporación de metales y cuerdas, siempre desde una perspectiva más delicada que apoteósica, aporta dimensiones maravillosas a canciones que lo serían en cualquier caso, desde Before I know it Used to be lonely. Ehrlich y su aliado fundamental, el guitarrista Max Kakacek, suenan como un grupo olvidado de las hordas más nostálgicas en los años setenta: a medio camino entre la canción de autor, el country-rock y hasta el pop barroco, a juzgar por los preciosísimos violines de Song for Ty. Todo Forever turned around es tan brillante que hasta el inopinado paréntesis instrumental de dos minutos a mitad de la obra, Rhododendron, suena a divertimento para oxigenar y no a capricho sospechoso. Y aún no hemos mencionado que los dos mejores temas son el de apertura y el de cierre, Giving up Forever turned around. “Mis lágrimas van cayendo una por una / Puedo sentir cómo te derrumbas”, canta Julien en la primera. Y entran ganas de estrujarle en un abrazo.

 

 

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