Bendito sea Dan Auerbach por múltiples motivos, pero sobre todo por ese empeño suyo tan quijotesco de tutelar a artistas bisoños y, puestos a actuar de manera aún más suicida, a viejas glorias olvidadas en las que ningún especialista en mercadotecnia depositaría un solo dólar de su presupuesto anual. El padrinazgo del anciano y venerable Robert Finley encaja a la perfección en esa dimensión altruista del líder de los Black Keys, un tipo que podría aplicarse el dicho del zapatero y los zapatos y que, muy al contrario, se afana de manera cada vez más evidente en ejercer como mentor de figuras alejadas de cualquier dogma, y no digamos ya de los parámetros por los que se rigen los algoritmos. Y el de Robert Finley sirve como ejemplo paradigmático: un caballero que debuta en el mundo discográfico bien entrado ya en los sesenta y que ahora, recién incorporado a la condición de septuagenario, agudiza el espíritu de góspel que ya latía en toda su formulación primigenia de soul y rhythm ‘n’ blues de vieja escuela.
A Finley, veterano del ejército estadounidense e invidente, no le mueve ningún impulso comercial ni tacticista, sino la pasión por la música que ha mamado y hecha propia desde siempre. Las canciones le salen sentidas y profundas, radicalmente descarnadas y sinceras, y a partir de ahí Auerbach aplica para el catálogo de Easy Eye Sound su producción de hechuras analógicas para que todo suene clásico (o, mejor dicho, retro), áspero y cincelado sin el menor interés por suavizar, limar o amortiguar nada de lo que le brota de las tripas.
Todo resulta crudo, descarnado, indomable y emotivo, con el crepitar de las guitarras campando a sus anchas y todos los demás puntales remando en esas mismas coordenadas de la vieja escuela: tanto la batería como los teclados podrían provenir de las sesiones de Traffic o Santana a finales de los años sesenta, y no digamos ya la eclosión de metales en episodios tan trepidantes como Can’t take my joy. El contrapunto a la garganta áspera y sin condiciones de nuestro venerable prohombre de Luisiana lo aporta su propia hija, Christy Johnson, a la que se le conceden honores de portada (aunque sea en segundo plano, ya lo sabemos) y que agudiza el sentido de las clásicas llamadas y respuestas de la música devocional. Siempre desde un punto más sosegado y apacible, como si Finley necesitara de un antídoto que dulcificara el discurso descarnado que de por sí le pide el cuerpo.
El resultado es entre seductor y abiertamente espectacular, sobre todo cuando el oficiante y su acólita se dejan llevar por el pulso libre de los músicos y acaban dando forma a pequeñas perlas de blues primigenio como On the battlefield, uno de los cuatro cortes que alcanzan cotas entre los seis minutos y los ocho y pico. Una consecuencia natural y lógica del empeño por dejar fluir el discurso y las emociones sin cortapisas: a la altura de un cuarto disco, a su edad y con el calor de la familia y los viejos colaboradores de su lado, Robert hace bien dejándose llevar y tirando, sin prisas, por donde le da la realísima gana.
Es una verdadera maravilla. Gracias por el descubrimiento.