Los madrileños Nieves Lázaro y Manuel Cabezalí comparten desde años casa, vida y familia, pero no se habían animado hasta ahora a desarrollar también un proyecto artístico en común. Era una cautela respetable y plausible, pero, en vista de lo que aquí se nos ofrece, innecesaria: la química que sobrevuela este rutilante estreno que juega a las paradojas desde su propio título es manifiesta, más allá de que sus responsables parezcan más complementarios que replicantes. En efecto, el mejor de los equilibrios posibles.
A Cabezalí le asociaremos siempre con la hermosa aventura de Havalina, además de su extenso catálogo como productor, mientras que Nieves ha sido hasta ahora la gran catalizadora de Lázaro, con independencia de ella siempre insistiera en que aquello no era un proyecto en solitario sino una banda plenamente colaborativa. La una y el otro han interactuado en sus proyectos respectivos de manera reiterada, pero han tenido que desembocar en este Monstruo Laberinto para compartir tareas y portada a partes iguales, con la única presencia del ilustre Dany Richter en la masterización y del pequeño hijo de ambos, Roi Cabezalí Lázaro, en funciones de “colaborador”, como nombres propios adicionales en los créditos.
El empeño de partida parece ser el de un disco más oscuro y tenebroso que ninguna de sus aventuras anteriores, y hasta el diseño gráfico, la ilustración, las sombras en los ojos, el esmalte de uñas y ese amor por la fotografía inquietante en blanco y negro apunta en la misma dirección. Pero las canciones terminan siendo criaturas caprichosas e impredecibles, hasta el punto de que Negro fosforito aporta un material denso e intenso, pero no impenetrable. Quizá también ralentizado y con aire de cantinela absorta, pero a su vez reconocible y tarareable. De ahí esas fosforescencias inesperadas a las que apela uno de esos títulos tan inspirados como para invitar a que el oyente curioso se adentre en tan inciertas tinieblas.
Que nadie se asuste, porque Negro fosforito apela mucho más a la sugestión que al miedo, y puede terminar seduciendo mucho más que inquietando. Su pop electrónico resulta espeso, pero en último extremo también orgánico: la pareja ha renunciado a los instrumentos virtuales y lo fía casi todo a los sintetizadores, alguna guitarra despistada y muchos pedales de efectos manipulados en tiempo real, como puerta abierta de par en par a la aventura del directo.
Todo está tan abierto a la epidermis, la sugerencia y la intuición que el dúo quiso elegir como fecha de publicación un 13 de enero (casi nadie lanza discos en enero, y mucho menos aún en martes). Y, aún más allá, realizó una primera escucha pública del álbum en una sala madrileña –Artistic Metropol– envuelta en la más completa oscuridad, para que los 40 minutos de estas 11 canciones hipnóticas (y saludablemente narcóticas) lo envolvieran todo sin interferencias de pantallas, imágenes, mensajes emergentes o actividades en paralelo.
Bien por un tándem que hace de la escucha absorta un leit motiv para los trabajos que les fascinan y que la sugieren para los que les competen. Puede que los ecos de The Cure, la banda favorita de los dos, asomen la cabeza aquí y allá, aunque las líneas graves melódicas pueden remitir también a los Depeche Mode en modo industrial, de igual manera que el pop sintetizado de Negro… encuentra parangón en otros nombres ibéricos como los de Zahara (y Juno) o Víctor Cabezuelo (Rufus T. Firefly), artistas en la misma órbita de Nieves y Manuel. Una pareja que eleva como manifiestos fundacionales las recargadas atmósferas de KIK y Humo humano o el incómodo humor (negro, claro) de Interrupción, pero a la que también se le escapa la preciosa Ven a verme. Casi una balada. Casi una canción de amor con todas sus letras.
Hola Fernando
Les he oído por primera vez, hace un par de días en la radio. Igual te suena.
Me han gustado mucho, pero no encuentro el disco.
Si me puedes decir donde lo puedo encontrar, te estaría muy agradecida