Puede que casi nadie anduviera muy pendiente a estas alturas de un eventual nuevo trabajo de Carlos Ares, más que nada porque el cantante, productor y compositor gallego había debutado hace poco más de un año (con el notabilísimo Peregrino, a principios de 2024) y es poco frecuente que un artista novel asuma el reto del doblete discográfico en un margen tan exiguo de tiempo. Pero el coruñés ha querido aprovechar el dulce momento creativo y la velocidad de crucero alcanzada durante la intensa gira de presentación de sus primeras canciones para consolidar uno de los proyectos más insólitos, identificables y creativos que ha propiciado el pop de autor peninsular en los últimos años.
La boca del lobo es un álbum en buena medida continuista, una característica predecible en función de las circunstancias que lo rodean y el poco tiempo transcurrido desde la colección anterior. Habrá asumido de antemano Ares que esta vez pierde inevitablemente en capacidad de sorpresa, pero a cambio aporta un discurso más sólido y mejor engrasado, fruto de una química con sus músicos que va mucho más allá de las obligaciones contractuales. La simbiosis resulta más que evidente en los casos de la vocalista Begut, nombre artístico de la zaragozana Begoña Gutiérrez, y el cantante y guitarrista Marcos Cao, tan entusiasta e involucrado en este proyecto ajeno como lo ha sido siempre al frente de los valiosos y eternamente infravalorados La Sonrisa de Julia. Y esa sensación de maquinaria bien ensamblada propicia una colección que suena vigorosa, corajuda y convincente, segura de sus méritos y orgullosa de una singularidad distinguible desde los primeros acordes.
El propio tema titular, que sirve también como apertura, refrenda esas buenas impresiones y la autoestima de un autor que se atreve a abrir su elepé con un estribillo sin preámbulos y edificar ese corte central a partir del repiqueteo de una mandolina que, salvando las distancias, bien puede evocar las páginas más acústicas de R.E.M. Lo más meritorio y sorprendente de Ares, como ya descubrimos con su entrega inaugural, es esa habilidad para erigir un discurso propio que coloca un pie en el ideario folkie y hasta en cierto paisajismo bucólico, pero reserva amplio margen de maniobra para agregar destellos de modernidad, fogonazos de sintetizadores y guiños a la producción de la era milenial. Que, con el DNI en la mano, es la que le corresponde: hablamos de un muchacho que hasta 2027 no habrá de encararse con la manida crisis de los treinta.
Los cimientos, en resumen, quedan aquí sólidamente afianzados, desde el orgullo terruñero (Autóctono saca pecho de «sangre celta») a los reproches sentimentales propios de la naturaleza humana y la incierta evolución de los amores (Lenguas calvas, Ultimátum). Queda la duda, en cambio, de si en las páginas más innovadoras incurre Carlos en algún exceso trovadoresco. El tándem que Un beso de sol y Con un solo dedo plantea al final de la cara A amaga con maneras casi progresivas, pero se ve lastrado por algunos de los versos más atildados de la colección («Una astilla clavada en el medio y medio de un candente corazón, como cosa de hadas en un latido se esfumó…»). Y el experimento de Importante, escogido en su momento como primer anticipo, deja un sabor agridulce a retahíla, a canción guadianesca y de vocación urbana y despechada en la que el ripio le estrecha la mano a la monotonía. Puede que ese no sea el camino más prometedor con vistas al futuro; pero el presente, que es lo importante ahora, solo invita a ilusionarse, y mucho, con este osado y brillante nuevo nombre gallego.