Si hay un momento de este año en que podríamos gritar aquella vieja consigna periodística del “¡Paren las máquinas!”, ese momento ha llegado. Anoten la fecha: 19 de junio. Y la etiqueta: Dylan. Cinco letras bastan. A partir de ahí, reserven un rato generoso en su agenda. Rough and rowdy ways bien lo merece.

 

El regreso del bardo de Duluth es un acontecimiento de primera magnitud. Ante todo, porque uno de los autores más importantes de la historia nos ha hecho esperar ocho temporadas, las transcurridas desde Tempest (2012), para ofrecernos nuevo material de su autoría. El entretenimiento intermedio, los tres discos (en la práctica, cinco: el tercero era triple) con versiones de Sinatra y la era del American songbook, es un paréntesis que comenzó siendo entrañable y derivó para sus fieles en desesperación. ¿La frase más repetida en este largo centenar de meses? “Cosas de Dylan”. Pero el paréntesis se cierra con 10 nuevas canciones ante las que cualquier desazón previa la hemos de dar por bien empleada. No sabemos si este disco, el número 39, será el último de Robert Zimmerman. Ojalá que no. Pero parece muy evidente que nos encontramos ante una de sus obras más trascendentales.

 

Decimos trascendental y podríamos escribir también trascendente. Bob se sabe, qué remedio, al final del camino. Hay aquí serenidad, resignación contrita, un intenso afán de recapitulación (esos siete minutos al final de Murder most foul, con hasta 75 menciones a sus héroes musicales), el aliento gélido del ocaso. Tenemos a un hombre que ya no sabemos si canta o solo musita, pero que estremece hasta lo más profundo. Y nos encontramos con un poeta que no es Nobel de Literatura por capricho (o sí, pero bien que nos alegramos). Hay aquí que repasar cada línea. Y, en caso de no disponer de una soltura elevada con el inglés, proveernos con urgencia de unas buenas traducciones. Los mensajes autobiográficos de la estremecedora I contain multitudes o de False prophet (con Goodbye Jimmy Reed Crossing the Rubicon, uno de los escasos chispazos de blues eléctrico en esos 71 minutos) bien lo merecen.

 

Y sí, ya lo sabemos. La conmoción que supuso en marzo el adelanto abrupto de Murder most foul, sin explicación alguna ni aviso previo, nos colocó ante un texto ingente y de valor incalculable, pero sin olvidar que sus 16 minutos y 55 segundos constituyen una letanía sin evolución musical alguna, un hueso duro de roer. Pero para los escépticos en torno a la valía melódica de nuestro ídolo quedan aquí dos piezas de hermosura casi pareja a la de las canciones de cuna, Mother of musesBlack rider. Y llega el gran momento de la genuflexión en el caso de I’ve made up my mind to give myself to you, acaso la página dylanita más hermosa del siglo XXI. Es una canción de amor delicada, lindísima, de belleza escalofriante. Y parece una dedicatoria a una persona muy querida hasta que acabamos descubriendo que el destinatario de sus palabras seguramente sea Dios. Dylan mira irremisiblemente a las alturas y quiere quedar en paz consigo mismo y los millones de observadores a los que nos ha fascinado a lo largo de las seis últimas décadas. Rough and rowdy ways no hace sino confirmar, sin embargo, su condición de eterna deidad mundana.

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