Hay algo en la voz de Florence Welch que asemeja a un río en plena crecida. Suena su garganta caudalosa, pero no desbordada; de hecho, en este disco adquiere, frente a hitos anteriores, un cierto equilibrio, una suerte de fiereza serena. La mirada penetrante desde la portada sugiere algo parecido: estoy aquí, ya nos conocemos, me sobran personalidad y carácter, pero podemos consensuar y fundirnos en un intenso abrazo. Mejor, por esta vez, el roce epidérmico que la uña incisiva; el entendimiento y la complicidad antes que el escozor del arañazo. Y es muy fascinante el resultado de esta evolución sutil, sobre todo porque Florence parece centrarse en escribir grandísimas canciones antes que avalar ese pundonor del que ya bien sabemos que anda sobrada. “High as hope” es su cuarto disco y, probablemente, el primero que podemos considerar comedido. También, quizá, el mejor de la colección. Porque ese comedimiento no se traduce en conformismo, sino en equilibrio. Hay sinceridad a destajo (“Hunger” habla de desórdenes alimentarios, adicciones y demás miserias adolescentes), nostalgia sincera (“South London forever”, que parece una cara B de “The hounds of love”), un corazón desangrado pero no desparramado ni pringoso. Incluso esa contención se traslada al cronómetro, 40 canónicos minutos repartidos en las consabidas 10 dosis. Parecerá un detalle menor, estructural, pero también tiene algo de connotación: sugiere clasicismo, atemporalidad, ánimo de encontrar prolongación en nuestras memorias. Sospecho que lo ha conseguido. Entre Kate Bush, claro, y hasta Patti Smith (a la que dedica “Patricia”), pero siempre Florence. Tan suya. Y, por fin, tan incontestable.

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