Hay algo de trágico en todo lo que rodea la figura de Gene Clark, el gran impulsor de The Byrds, genio prominente pero en demasiadas ocasiones incomprendido, mártir precoz al que el alcohol y demás costumbres malsanas le costaron la vida en 1991, cuando aún no había cumplido ni 47 años. Solo por ser el firmante de I feel a whole lot better o Eight miles high ya merecería un lugar prominente en el paraíso, pero los recelos que propiciaba entre sus compañeros de banda y su propia mala cabeza –incluido el vuelo a volar  le llevaron a abandonar los Byrds en 1966, tras apenas un par de años de servicios. Probablemente hoy habría que determinar por consenso que su trabajo en solitario durante la primera mitad de los setenta fue tan relevante o más que su decisiva participación en uno de los mejores grupos de la historia. Lejos de suceder algo parecido, el acústico y encantador White light (1971) obtuvo una acogida solo tímida, mientras que este No other fue abiertamente incomprendido, ignorado y rápidamente digerido por la desmemoria, una de las injusticias más flagrantes en la historia del rock americano. En realidad, la mayor virtud de No other, su práctica inabarcabilidad con solo ocho cortes y 42 minutos, jugó en su contra. Quien esperase a un mito de los sonidos campestres se encontró con que estos solo predominaban en el tramo final, el de The true one y Lady of the north, mientras que Strength of strings remitía más bien a Neil Young con Crazy Horse y, por seguir con el canadiense, las armonías de la prodigiosa Silver raven podrían hacer sombra a las de Young junto a Crosby, Stills & Nash. From a silver phial es una canción tan bella como inverosímil de escritura, una filigrana extraña que nos gustaría diseccionar compás a compás. Pero todo el disco es subyugante, ambicioso, innovador, la obra cumbre de un cerebro preclaro. Asylum había dispuesto la friolera de 100.000 dólares para la grabación, pero no sucedió nada y Clark, que incluso había sopesado publicarlo como álbum doble, nunca comprendió el revés ni lo superó. Ahora podemos darnos cuenta de que No other es una de las grandes joyas desenterradas de la década, igual que hicimos algún tiempo atrás con Dennis Wilson y su Pacific ocean blue (1977).

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