Kiko Veneno tiene desde muy jovencito la sanísima costumbre de hacer lo que le da la real gana. Y eso, siempre tan saludable y necesario para la creación libre y la indagación sin pauta, no ha hecho sino acrecentarse con los años. Su (y nuestra) admirada Martirio nos lo resumía hace poco con su desparpajo lúcido y lapidario: “Kiko es ahora mismo el más punki”. Y Hambre, en ese sentido figurado, lo es. Un disco enormemente punk, en cuanto a contestatario y antisistema, pero sin las vaguedades discursivas de los veintipocos, sino desde la sabiduría, el escepticismo y el desapego adquiridos a sus lúcidas y espléndidas 69 primaveras.

 

No renuncia José María López Sanfeliú al dictado de su propia intuición, aun a sabiendas de que no es infalible en términos de trascendencia. Hemos asistido en los últimos años a que uno de los mejores discos de toda su trayectoria, Dice la gente (2010), llegaba en un periodo en que nadie parecía demasiado pendiente de sus movimientos, pese a que el tema central de aquel álbum figura entre las tres o cuatro mejores canciones de toda su vida. Y tampoco cuajó Sensación térmica (2013), disco arriesgadísimo, en muchos aspectos espléndido y en casi todos incomprendido. Pero sí se le ha hecho justicia, en cambio, con Sombrero roto (2019), bendecido con un par de premios MIN de la música independiente y del que este Hambre es prolongación, o secuela, muy evidente.

 

En realidad, Veneno retoma con Hambre el camino tal y donde lo dejó un par de años atrás, completando las canciones que de aquella no se habían finiquitado y redondeando el lote con varios nuevos títulos que son hijos directos de la pandemia. El ejemplo más palmario lo aporta Luna nueva, compendio memorable de esa mezcla de estupor e incertidumbre en la que todos nos hemos visto envueltos, ejemplo de esa lúcida concreción lírica (“Na más se acabe la confinación / en los labios voy a besarte / Es el plan que traigo yo”) en la que Kiko sigue siendo sencillamente imbatible.

 

El destello lúcido, ese que asombra desde la ocurrencia y el gusto popular, continúa colocando a nuestro hombre del flequillo blanco muy por delante de jóvenes y coetáneos. Kiko canta cada vez más afónico, heterodoxo y desaforado, e incluso tiene los santos bemoles de abrir el trabajo con una advertencia pintoresca: “Estoy fatal de la voz / y la letra se me ha olvidado”. Pero en ese tema, Hambre, es capaz de adentrarse (a su manera) en territorios flamencos que siempre le habían producido vértigo, circunstancia que también acontece en Madera, uno de los momentos más decisivos del lote. Porque es ahí donde al atrevimiento del cante jondo se le suma el de la producción del joven Javi Harto, alias Hartosopash, un gurú electrónico que aprovecha la predisposición de Kiko para llevarle aún más lejos de la canción convencional que Refrëe en los tiempos de Sensación térmica.

 

Puede que Hambre se quede un paso por detrás de Sombrero roto por una cuestión casi cronológica: es un poco más pequeño en todos los sentidos, el de la edad y el de su alcance y trascendencia. Pero Kiko continúa entregando pensamientos de tierna lucidez (“Que no hubiera más hambre en el mundo / que la que tengo yo de ti”) y canciones tan enormes como Duele, impregnada por el desasosiego de nuestra muy actual ausencia de certezas. “Duele andar descalzo / Los zapatos nuevos duelen / pero lo que más duele es no saber por qué te duele”. Mucho Betis y mucho Kiko.

 

 

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