La anécdota podría sonar un tanto legendaria, pero es del todo verídica. En 1991, cuando Naked rain comenzó a sonar en las primeras emisoras que recibieron aquel sencillo, los oyentes llamaban a las radios para que les repitiesen cómo había mencionado el locutor que se titulaba aquella nueva canción de U2. Era una confusión del todo plausible, y eso que la audiencia todavía no había descubierto la espléndida All I believe in, con una línea de batería seca y bajo machacón que parecían directamente manufacturados por Adam Clayton y Larry Mullen Jr.; o aún mejor, Breathe deeply now, donde el vocalista, Symon Bye, adquiría un tono más enfático de lo que en él era habitual, lo que inevitablemente acentuaba parecidos y paralelismos con nuestro amigo Bono.

 

Todo en este estreno, en realidad, era francamente alentador y apetecible. El cuarteto de Bath (los chicos eran británicos y no irlandeses; al menos en eso podíamos disociarlos) tenía músculo, lirismo, ansias por hacerse notar y ganarse un hueco en nuestras memorias. Eran unos tipos ambiciosos, sentimentales y poéticos, y todo ello nos gusta. Y los ocasionales aires folkies que aportaban sus violines (The great tree) también servían para imaginarlos en un atractivo cartel compartido junto a The Silencers, pongamos por caso. Pero tuvieron la mala suerte de irrumpir en un momento poco propicio. Porque el grunge, mucho más ruidoso y furibundo, ya comenzaba a asomar la patita y predisponernos a un cambio de tendencias. Y, sobre todo, porque aquel 1991 marcaría la fulminante nueva ascensión a la estratosfera de Bono, The Edge y compañía con el más que influyente Achtung baby, por lo que nadie necesitó a unos émulos cuando los originales evidenciaban tan soberbio estado de forma.

 

Queda el recuerdo algo fugaz, pero delicioso, de lo que pudo haber sido una gran banda. Capaz de prolongar la épica por encima de los seis minutos con Death’s sweet religion, donde espiritualidad y solemnidades se daban la mano y hacían muy buenas migas. O dotada para la insistencia absorta de A violent impression y la tormenta eléctrica en la agitada 5:30 AM. Eran estupendos, qué demonios, pero no llegaron a ninguna parte. Su segundo elepé, City of sin (1994), pasó mucho más inadvertido aún y nuestros entrañables This Picture se esfumaron para siempre.

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