Nos encontramos ante un disco que, más que una sorpresa, parece un sueño. Porque era casi imposible imaginar la existencia de este material póstumo, a sabiendas de que Leonard Cohen dio por finalizadas las grabaciones de You want it darker casi sobre la bocina, aprovechó algunas de aquellas páginas (sobre todo, el tema titular) para despedirse del mundo con emoción serena y pudo verlas publicadas muy pocas semanas antes de que la enfermedad le doblegase para siempre. Pues bien, el adorable bardo se había reservado una postdata que ahora se hace realidad con la ayuda inestimable de un sanedrín de sabios distinguidos, comenzando por su hijo, Adam Cohen, que ha encontrado en el calor familiar esa relevancia que se le resistía a través de su trayectoria en nombre propio. El caso es que este nuevo acto público de agradecimiento (a la vida; a los miles y miles que, sin conocerle en persona, le hemos amado) consta ahora entre nuestras manos, y tan absurdo sería negar nuestro alborozo como sobredimensionar su valía. Gracias por el baile es una obra exigua, por debajo de la media hora de duración, y en la que su protagonista murmura y recita más que cantar en sentido estricto, pero resulta difícil no estremecerse ante su condición de profeta sobrevenido. El mismo título del álbum remite a clásicos propios como Dance me to the end of love o Take this waltz (la canción central vuelve a ser aquí un compás ternario), solo que el poeta canadiense asume el discurso con mayor gravedad, en todos los sentidos: por la inminencia de la despedida y por esa dicción tan íntima, sepulcral y sobrecogedora. Esa canción titular, la muy hermosa y mediterránea Happens to the heart o la lorquiana The night of Santiago constituyen los pivotes esenciales de una obra quizá menor en términos comparativos, pero de valía enorme vista de manera aislada o contextualizada como una postdata sorpresiva. El mundo es peor en estos tres años ya sin Leonardo; por eso conviene apurar y exprimir este reencuentro insólito, un regalo como aquel que se encuentra un poema doblado en el gabán de un fallecido. El trabajo de Adam en torno a estas páginas finales es delicado y primoroso, respetando siempre la prevalencia de la voz paterna. Y los colaboradores que han finalizado y abrillantado el repertorio son de muy alta escuela (Beck, Leslie Feist, Jennifer Warnes), pero al final todo el discurso lo domina en maestro Cohen. Y eso, sin duda, es lo que cuenta.

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