Los sonidos del rock sureño son garantía de excitación, pero a la hora del recuento no siempre el nombre de Little Feat viene a nuestros labios con el primer ejercicio de memoria. Y es un olvido frustrante, arbitrario, profundamente injusto, porque pocas bandas a principios de los setenta sonaban tan bien (y en aquellos tiempos, uf, la excelencia era una reivindicación innegociable). Hay muchos ejemplos de nervio y fibra (Got no shadowTeenage nervous breakdown) en este Sailin’ shoes, que era solo la segunda entrega de unos tipos que se citaron con la historia pero sufrieron un doloroso esquinazo. Detrás de la fugacidad de su estrella está, claro, el nombre de Lowell George, genio inequívoco pero frágil y disoluto que acabó perdiendo la vida (1979) en circunstancias no del todo claras. George era intermitente y frecuentó con demasiado ahínco el lado oscuro, pero ejercía como un firmante excepcional. A estas alturas ya era un tipo fogueado, y más aún tras su militancia en las Mothers of Invention de Zappa. Cuentan que fue su propio jefe quien le insistió en que emprendiera trayectoria en solitario después de escuchar Willin’, canción enorme que aquí aflora en su versión definitiva: en un caso más que atípico, Lowell ya la había grabado en el debut Little feat, 1971), en una lectura más cruda y lacónica, y habría de ser Linda Rondstadt (Heart like a Wheel, 1974), quien le extrajera toda su belleza emotiva e inmortal. Sailin’ shoes apenas triunfó en su día, lo que dio pie a las primeras inestabilidades en la banda, más bailonga y efectista a partir de 1973, con el elepé Dixie chicken. Pero nunca sonaron tan confiados, tan seductores, como aquí. Pudieron no resolver las cuentas de resultados, pero legaron una obra que no se agota con los años, que conserva aún ahora su capacidad para arrollar.

 

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