Un año después de su desaparición por culpa del maldito virus –el 4 de abril de 2020, en lo más crudo de la primera ola de la pandemia–, pocas, muy pocas habían sido las iniciativas editoriales para reivindicar la trayectoria de Luis Eduardo Aute, uno de nuestros autores más incontestables, originales, poliédricos, deslumbrantes e intensamente líricos de las cinco últimas décadas. La versión colectiva y algo rutinaria de Pasaba por aquí, justo coincidiendo con el aniversario, sabía a poco, a un reconocimiento convencional y con más ánimos de cubrir decorosamente el expediente que de fijar un referente entre esa inmensa minoría de admiradores del bardo madrileño, un tipo tan singular como para haberse emparentado con la extravagancia desde el primer día de su vida: naciendo en Manila. Esta reedición de Templo –disco raro, fantástico e inencontrable desde hace años, como tantos otros– sí que supone, en cambio, una noticia gratísima y sustancial. Y no debería ser la última que surgiera desde esos cuarteles generales donde se conserva su legado discográfico.

 

Templo supuso en 1987 un revés clamoroso en términos comerciales y un disgusto de primer orden en las oficinas de Ariola, donde ya se había dado el visto bueno muy a regañadientes a este disco doble, de canciones extensas, temática insólita y una clamorosa inexistencia de potenciales singles que hubieran podido animar el cotarro desde las radios comerciales. Cuidado, Luis Eduardo aún era por entonces un artista de consumo masivo, habituado a pabellones o plazas de toros aun a pesar de su incorregible miedo escénico. Cuerpo a cuerpo (1984), el disco que incluía Una de dos o Cine, cine, había supuesto un éxito estratosférico, Nudo (1985) supo mantener el interés y una antología como 20 poemas de amor y un poema desesperado (1986) siempre contribuía a que los más rezagados se engancharan y pusiesen al día a partir de los grandes éxitos. Pero Templo era, en términos estratégicos y comerciales, un suicidio. Esos 70 minutos temáticos sobre el amor y el erotismo, concebidos a modo de liturgia y con un lenguaje circunscrito al léxico religioso, suponían un ejercicio complejo y arriesgado de por sí, además de potencialmente blasfemo para quienes entonces, ahora o siempre tienden a escandalizarse por cualquier cosa. O, por ajustarnos al contexto, en cuanto se les saca de los sacrosantos cánones de la corrección.

 

Aute asumió pronto que Templo se convertiría casi desde el primer día en su “disco maldito” por excelencia, además de en epílogo para su década multitudinaria. Pero siempre profesió una enorme simpatía por esta obra, un dato elocuente a poco que se supiera de su carácter crítico, desmititificador y nada autocomplaciente. A fin de cuentas, estas canciones aunaban el amor y la religión, dos de sus especialidades y obsesiones. Y algunos de los títulos aquí incluidos, desde Aleluya nº 5 a Pum, pum, Ángelus o, sobre todo, Cada vez que me amas no eran grandes, sino enormes.

 

La dificultad provenía, desde luego, de los recitados experimentales (No la boca sino el beso, El verso se hizo carne) o el espíritu intensamente etéreo (en concordancia con la temática) de, por ejemplo, Descendimiento o Éxtasis de ángeles caídos, aunque esta se abriese con unos versos solo al alcance de los más grandes poetas: “Acudo / a tu templo de carne / como quien va a misa / dispuesto a oficiar / la ceremonia de la Consagración”. Pero repasar estas cuatro caras y los créditos supone ahora un intenso ejercicio de felicidad, nostalgia y admiración. Luis Mendo se afianzaba al frente de la producción, como era costumbre en la época; en el equipo habitual aparecían intérpretes de la excelencia de Tino DiGeraldo, Billy Villegas, Ricardo Solfa (!), Pau Riba (!!) o Javier Paxariño (escrito erróneamente y por dos veces en los créditos como “Paixariños”), y hasta Manolo Sanlúcar engrandecía con su guitarra flamenca la saeta No soy digno.

 

Ojalá que este solemne, extraño y fascinante Templo sea solo la primera de las iniciativas para recuperar y reordenar la discografía de Luis Eduardo, mucho más dispersa y difícil de localizar de lo que sería deseable en un caso como el suyo. Bien lo merece él. Bien nos lo merecemos todos.

3 Replies to “Luis Eduardo Aute: “Templo” (1987, 2021)”

  1. Coincido por completo: el gran disco injustamente olvidado de Aute. Más tarde llegarían otros inventos como ANIMAL pero sin la hondura de este TEMPLO. ¿Un místico, Aute?

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