La memoria es frágil, caprichosa e injusta, y a veces se cobra víctimas de todo punto inmerecidas. Habrá no pocos melómanos, sobre todo jóvenes, que no estén familiarizados con el nombre de Randy Crawford o que incluso nunca se hayan tropezado conscientemente con él, y en tal caso perderán la ocasión de embeberse con una de las mejores artistas femeninas de soul que se fraguó a lo largo del último cuarto de siglo. Este triple y generosa antología acude ahora al rescate y rehabilitación entre los desmemoriados. Y quienes se animen a adentrarse en ella agradecerán que se resuelva, siquiera tardíamente, tan evidente laguna.

 

Crawford era tan asociada a la distinción, la elegancia y las buenas hechuras que el título de su segundo álbum, Miss Randy Crawford, se convirtió casi en denominación oficial: nadie renunciaba al tratamiento y el protocolo para referirse a ella, porque su clase y altura eran las propias de una mujer de postín. El problema, visto de manera retrospectiva, es que no se puede aspirar a la sucesión de una reina plenipotenciaria, y los intentos de la Crawford por convertirse en la-nueva-Aretha-Franklin estaban condenados no tanto al fracaso como al descalabro. La de Georgia siempre fue una vocalista extraordinaria, pero la similitud en timbre y hechuras con la más grande la convirtió en la heredera de un cetro inalcanzable, princesa ante un espejo que siempre la convertiría en madrastra.

 

Rehabilitar su legado, transcurrido ya el tiempo suficiente (¡mucho tiempo, maldita sea!), era una cuestión de justicia para la que este triple artefacto se convierte en una herramienta fundamental. No solo es básica la generosidad del menú, 57 canciones que nos proporcionarán munición para tres horas largas de deleite, sino el esfuerzo del recopilador del sello SoulMusic por salirse del tópico de la cronología y reagrupar el material a partir de percepciones temáticas y estilísticas: la emotividad del primer cedé, subtitulado Rain, se complementa con la eclosión sentimental del segundo (Romance) y el pellizco jazzístico, Razzamajazz, que le sirve de columna vertebral al tercero.

 

Fueron 11 álbumes, nada menos, los que tuvo tiempo de completar Veronica Crawford a su paso por la Warner, y de ellos al menos la primera mitad se reivindican aquí como excepcionales. De hecho, Now we may begin (1980) y Nighline (1983) acaban glosándose de manera casi íntegra, pero este menú proporciona una excusa magnífica para recuperar en algún momento de nuestras vidas otras perlas semienterradas como el inaugural Everything must change (1976) o el arrebatado Secret combination (1981). No hay material inédito en este rescate, pero sí un par de raras grabaciones en el Festival de Montreux (una en compañía de Al Jarreau y la otra, respaldada por los Yellowjackets: poca broma) o su contribución a la banda sonora de Arma letal 2, urdida junto a Eric Clapton, en forma de lectura del himno dylanita Knocking on heaven’s door.

 

Hace siglos que no sabemos de Randy, desde un par de trabajos de 2006 y 2008 a medias con Joe Sample, su viejo amigo de Crusaders y el hombre que propició el éxito brutal, merecido e inolvidable de Street life (1979). Crawford transita ahora por los 71 años y quizá no pueda, quiera o necesite regresar de su exilio interior. Pero recordarla, revisitarla y admirarla es un acto de amor y justicia que con esta soberbia, pensada y medida colección cobra todo su sentido.

 

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