En aquellos tiempos, créaseme, aquella flechita con la leyenda de “Dance music” en la esquina superior izquierda de las portadas eran una vitola de modernidad. Veíamos esos fogonazos de sintetizadores despepitados como la nueva gran revolución tecnológica, la garantía de que nos habíamos subido al barco idóneo y poníamos rumbo a un futuro rutilante y razonablemente intelectual. Lo curioso es que Spandau Ballet tampoco eran el mejor ejemplo al respecto. True desembarcó en nuestras vidas apenas seis meses después de Upstairs at Eric’s (Yazoo), otro de esos discos indispensables con flechita icónica, pero no tenía demasiado que ver. En realidad, nuestros chicos habían abanderado el algo inconsistente movimiento de los “nuevos románticos” y, a la altura de este tercer disco, lucían trajes impolutos y se proponían explotar a su cantante, Tony Hadley, como un joven Sinatra de flequillo lacio y generoso. Lo consiguieron de pleno, no lo vayamos a negar. Sobre todo por el tema central, balada de tomo y lomo que, lejos de despendolarse a partir de bases sintetizadas, se erigía en una versión blue-eyed de los grandes éxitos de la Motown. Pero, admitámosla: hemos escuchado True miles de veces, la hemos bailado (a veces, incluso bien acompañados) unas cuantas y resiste el diagnóstico del tiempo, la memoria y el análisis musical pormenorizado. Igual que Communication y Lifeline, aperturas de cara A y B, las dos piezas más bailables, aunque bastante menos desmelenadas que Chant no. 1 y To cut a long story short, los antecedentes más exitosos de los dos álbumes anteriores. Detrás de todos los títulos seguía siempre la figura de Gary Kemp, compositor, guitarrista y líder en la sombra. Un tipo listo, reconozcámoslo: sabía que Hadley podía ser tan seductor como manierista, y Gold era un vehículo para el lucimiento, una píldora de sensualidad algo engolada (saxos incluidos, evidentemente), pero muy efectiva. Spandau Ballet siempre fue mejor manufacturando sencillos de éxito que álbumes redondos. Y este es el único que aguanta bien el diagnóstico con la perspectiva del tiempo. Incluso en lo que en otros casos habrían sido rellenos y aquí pasan por joyas a redescubrir: Heaven is a secret, con su eh-ehh-eh-eeeh, encantador. Concédanse hacer la prueba, aunque sea, si les doblega el pudor, cuando no les vea nadie.

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