Ahora resulta simpático recordarlo, pero en su momento la constitución de The Style Council propició más de un soponcio. Paul Weller era un veinteañero con el depósito de gasolina creativa a rebosar, y había logrado desde chiquillo sentar cátedra con los seminales The Jam, banda enérgica, de chispazo urgente, himnos pegadizos y trayectoria muy profusa. Por eso la puesta de largo de este Consejo del Estilo (qué nombre tan chulo, carajo) sumió a no pocos en el desconsuelo. ¿Qué hacía un líder juvenil inmerso en una aventura de soul y pop con ínfulas, urdida junto a un semidesconocido teclista de Hammond, Mick Talbot, y con ocasionales pretensiones jazzísticas? Para muchos seguidores fue una transición dramática y alguno queda por ahí que aún no se lo ha perdonado, pero puede que nunca Weller fuera tan valiente ni escribiese música tan asombrosamente duradera. Repaso los 14 títulos de este segundo LP del Council y caigo en la cuenta de que podría tararearlos todos. Y eso no sucede casi nunca, bien lo sabemos todos. El tándem se proclamaba socialista, abstemio, vegetariano, amante del café y del sello Blue Note, y llegaba mucho más lejos de lo que habían sido capaces poco antes los ya de por sí espléndidos Dexy’s Midnight Runners. Paul era más ideólogo que líder en términos de rock clásico: incluso la fabulosa apertura, “Homebreakers”, era una andanada contra Thatcher conducida por Talbot. Acababan de incorporar a un sensacional batería adolescente, Steve White, y la voz de Dee C Lee, que había sido corista con Wham! Y así nacieron “The lodgers”, “All gone away”, “With everything to lose”, “Internationalists” (más política) o ese himno progre a ritmo de ‘northern soul’ titulado “Walls come tumbling down”. Gracias, Paul: todo aquello fue maravilloso.

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