Reconforta pensar que a sus apenas 43 años aún le quedarán por delante a Sílvia Pérez Cruz muchos discos y muchas historias que hilvanar, imaginar y compartir con nosotros, pero admira caer en la cuenta de lo mucho que ha aprovechado hasta ahora el tiempo. A estas alturas le contemplan ya cerca de 20 discos (en solitario o junto a otros artistas), los premios nacionales más prestigiosos de la canción y hasta una nominación al Goya a la mejor actriz revelación, pero todo ese bagaje a las espaldas no desvirtúa un ápice lo que con este álbum, una vez más, vuelve a tonarse fundamental: la capacidad casi intrínseca de esta mujer para conmovernos con la canción como unidad de medida. Y aquí, en esta entrega bicolor, se acumulan unas cuantas (Moreno, Capitana o É triste viver sem seu amor, por lo pronto) que reúnen todas las características para volverse ineludibles en el repertorio de los directos durante un buen puñado de años.
A una gerundense tan poliédrica como Sílvia las definiciones tienden a quedársele cortas y las palabras no alcanzan a capturar toda su esencia. Por eso es ingenioso que ella misma haya querido afrontar este nuevo álbum como un juego de dualidades o ambivalencias, como un ying y un yang en el que ocho de las composiciones pertenecen a la parte Oral –lo conocido, la piel, la esencia, lo poroso– mientras que las otras siete se adscriben bajo los parámetros de Abisal: lo profundo y misterioso, la inmensidad oceánica. Y así, de ese ingenioso juego de contrastes, nace Oral_Abisal como álbum, discurso y razón de ser. El suyo es un recorrido de lo táctil y nítido a lo etéreo e inaprensible. De lo popular a lo desconocido. Porque su autora es así: la confluencia misma de nuestras certezas y de nuestras incógnitas.
Oral_Abisal establece un punto de encuentro importante con su antecesor, Toda la vida, un día (2023) en su condición de disco conceptual. Aquel hablaba de las etapas de la vida, desde la niñez a la vejez, y este también hilvana su desarrollo en torno a los claroscuros, a la alternancia en los estados de ánimo. Y es muy interesante que así suceda, porque la obra adquiere un discurso y un significado muy superior a la mera concatenación de canciones sueltas y desperdigadas. A lo que se ve, Pérez Cruz no contempla la idea del disco hasta que no encuentra eso mismo: un motivo para el debate, esa espina dorsal o hilo conductor a través del que trazar el camino. Pero ese empeño tan loable por articular un discurso tiene también algo de disrupción. Para entender la obra en toda su dimensión, Sílvia anima a escuchar de principio a fin, a concederle tres cuartos de hora de nuestras vidas a su quehacer. Quizá no sea ni siquiera el primero de los objetivos, pero este modus operandi formula de paso una rebelión frente al consumo acelerado y fragmentario, casi compulsivo, que se estila ahora mismo.
Estamos acostumbrados a asociar a Sílvia con un universo de lirismo y poesía. Pero ya en su momento (imposible que no nos venga a la memoria aquel No hay tanto pan) descubrimos su vena más social y crítica. Ahora, en uno de los cortes más sorprendentes del nuevo álbum, podemos regresar a esa vena más afilada gracias a El golpe bajo, adscrito a la mitad Oral. En cambio, Abisal recoge algunos momentos no ya solo muy sugerentes, sino además bien diferenciados del sonido que más asociamos en el caso de la de Palafrugell. Mar de Na Catalina es larga, parsimoniosa y etérea, casi con un manto de ambient que encuentra una intersección improbable entre Enya y Beth Gibbons. Pero aún más hermosa y atípica se nos antoja Sea creature, donde nuestra protagonista se erige en una Ella Fitzgerald contemporánea y parece cantarnos desde el interior de algún batiscafo fondeado frente a la Costa Brava.
Nada mejor en una artista a la que seguimos desde lejos y hemos escuchado en tantos trabajos que esa capacidad para sorprendernos y cambiarnos el paso, para desconcertarnos y seducirnos desde otro ángulo. Eso mismo es lo mejor que acontece en Oral_Abisal. Sílvia ejerce en él su aura de artista inconfundible e identificable desde los primeros compases, encantadora en esa tímbrica tan bien afianzada en torno al violín de Carlos Montfort, el chelo de Marta Roma y el contrabajo de Bori Albero. Pero también nos traslada a otras dimensiones menos evidentes e igual de seductoras, y qué suerte disfrutarla también desde perspectivas más inesperadas.