¿Cuántas docenas de veces habremos escuchado Like Dylan in the movies? ¿Cuántos cientos de reincidencias adicionales se necesitan para cansarse de una canción? No está nada claro. En realidad, no es nada probable que suceda. Esa fue, seguramente, la canción con la que nos enamoramos de Belle and Sebastian, la primera de la que tuvimos noticias. Han llegado docenas, centenares más desde entonces, algunas probablemente mejores. Pero los primeros amores siempre conservan el aura de la fascinación, del flechazo irrepetible. No era fácil comprender a qué se refería Murdoch con eso de “Como Dylan en las películas”. En realidad, acabaríamos descubriendo que su universo, esa capacidad algo cándida de observación, el sentido del humor centelleante, eran señas de identidad. Escribe endemoniadamente bien el líder de B&S. Con lápiz y papel entre las manos, decíamos. Si hablamos de acordes, versos y papel pautado, ya ni digamos.

 

If you’re feeling sinister era un segundo elepé que todos confundimos con el primero, porque su antecesor, Tigermilk, publicado apenas seis meses antes, era una tirada reducidísima que apenas había salido de Glasgow. Ahora bien, ¿qué demonios sucede en esta ciudad escocesa para que acontezcan tantos y tantos episodios prodigiosos en el mundo de la canción? Imposible sacar una conclusión científica, a menos que alguien confirme nuestras sospechas de que la municipalidad vierte algún bebedizo mágico en la canalización de las aguas. Pero Belle and Sebastian (que se llaman así por unos viejos dibujos franceses sobre un niño y su perrito) cimentaron el mito hasta la estratosfera.

 

Eran siete, violín y violonchelo incluidos, lo que les incluía teóricamente en el saco del pop de cámara. Transmitían la sensación de que nos recordaban a muchas cosas pero no sonaban a ninguna. Eran Simon & Garfunkel (The fox in the snow) con los Smiths (If you’re feeling sinister) reunidos en una cafetería para universitarios culturetas. Y los lideraba un muchacho de aire frágil, voz quebradiza y una volatilidad tan elevada que entraban ganas de abrazarlo de manera fuerte y prolongada. Sobre todo, para que no se nos evaporase.

 

Belle and Sebastian son un universo aparte. Nos retrotraen a los patios de juegos, como esos chiquillos que vociferan de fondo, en el tema central. Nos invitan a anotar los sueños en una libreta, nada más despertar. Cualquiera que escuche este disco por vez primera no será capaz de intuir si es una grabación de 1996, 1968 o 2019. ¿Cómo no vamos a adorarlos?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *