Ojalá todos los desastres naturales fuesen como esta mujer, que a fin de cuentas es un auténtico torbellino. La hecatombe del cambio climático sirve como inesperado punto de partida y motor de inspiración a Bethany Cosentino, a la que conocíamos hasta ahora como la mitad femenina del dúo Best Coast y que se vuelve adictiva, infecciosa e instantánea con un hilo argumental que, en realidad, no tiene la menor gracia: “Este es el verano más caluroso que puedo recordar / porque el mundo está en llamas / Y si nos estamos muriendo todos, ¿qué importa nada? / Somos un desastre natural”.

 

El himno es tan memorable (y memorizable) que nos enfrenta al espejo mismo de los placeres culpables: nos encontramos ante tal eclosión de luz y derroche energético que la suma de las herencias de Sheryl Crow, Neko Case y, si apuramos, hasta Taylor Swift se queda corto. Pero puestas las cartas boca arriba con tanto descaro desde el primer momento, a Bethany Cosentino ya no le queda más remedio que continuar todo el recorrido sin pisar el freno. Y así Natural disaster, el álbum, se convierte en un compañero revitalizador no ya como una tenue brisa marina, sino como una sacudida de viento huracanado.

 

A partir de ahora, para comprender el concepto del “espíritu californiano” habrá que recuperar esta entrega: una breve exposición bastará para que volvamos a interiorizarlo al instante, y con efectos duraderos. A través de los cuatro discos de los aparentemente ya extintos Best Coast, Cosentino se había mostrado como una muchacha ruidosa, agitada y hasta garajera, siempre atenta a prender la chispa, pero desde una perspectiva más indie. Ahora no esconde en ningún momento sus intenciones de apuntarnos a la yugular.

 

Incluso cuando, a la altura del cuarto corte, cree llegado el momento del baladón, lo hace con una incendiada y entregadísima soflama amorosa (Easy) que no duda en cumplir rigurosamente los designios de su propio estribillo: “Odio sonar a cliché cursi”. Nunca nadie había alargado las vocales de ese adjetivo, cheesy, con tanto conocimiento de causa.

 

Y así, sin remilgos y a tumba abierta, transcurre el debut solista de Cosentino, una mujer que apela a la conciencia individual, la franqueza, la empatía y, por qué no, el amor al prójimo (el carnal y sentimental, pero también el colectivo) para afrontar el colapso de un mundo que ha perdido clamorosamente el sentido y el rumbo. Por eso confía la producción a Butch Walker, un expeditivo rockero campestre que no le ha hecho ascos al pop instantáneo cuando se ha colocado tras el cristal del estudio de grabación (Avril Lavigne, Pink) y que acentúa aquí las guitarras fardonas (Outta time), los ganchos melódicos (A single day), las ansias de seducción sin rodeos (Calling on angels). Que no se nos activen los remilgos: la Stevie Nicks solista de Stand back o Rooms on fire bendeciría este trabajo, y Bruce Springsteen haría levitar estadios enteros si dispusiera de proclamas tan irresistiblemente cantabiles como For a moment para hinchar la vena.

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