Merece la pena hacer la prueba, preferiblemente a una hora en que el vecindario no monte en cólera. Coloca un ejemplar original de este debut de Bread en el giradiscos o reproductor de compactos, eleva el volumen con generosidad y sitúate en un lugar propicio y equidistante de ambos altavoces. Hablamos de una grabación que se remonta a 1969, en plena era analógica y con mesas de, como muchísimo, ocho canales, pero el espectáculo resulta embriagador, esplendoroso. Y no se trata de una experiencia sónica pero baldía, porque tampoco encontrarás un gramo de filfa en esta docena de canciones para un estreno prístino, quizá superior a la evolución posterior de la banda. Tendemos a desdeñar a Bread como unos chicos blandurrios, buenecitos, tan educados, impolutos e inofensivos que no podrían sugerirnos el menor escalofrío en las entrañas. Y el propio aspecto físico de David Gates, un querubín afable y sonriente al que imaginaríamos incapaz de pisar una simple hormiguita, no hacía sino ahondar en la caricatura y, sobre todo, en el prejuicio. Puede que hubiese patinazos posteriores, desequilibrios con la proporción del azúcar. Es verdad. Pero a la altura de este estreno, estos mozalbetes californianos solo podían transmitirnos sensaciones radiantes, estimulantes… y perennes, porque este puñado de piezas goza de una vigencia pletórica. Curiosamente, este debut no generó ningún gran éxito, nada comparable a logros posteriores como Guitar manMake it with youEverything I own; solo la delicadísima It don’t matter to me alcanzó cierta celebridad, y para entonces el segundo álbum (On the waters, 1970) había llegado ya a las estanterías. Pero no solo Gates sino también sus compinches, Robb Royer y James Griffin, eran compositores notabilísimos y se entendían como muy pocos en el arte de la armonía vocal. Llevaba pocos meses en la calle el debut de Crosby, Stills & Nash, del que Bread bebió tanto o más que del trabajo previo de Buffalo Springfield. La sombra de McCartney asomaba aquí y allá (London bridge), pero el disco estaba plagado de requiebros armónicos impresvistos, teclados disonantes (The last time) y hasta alianzas atípicas, como la guitarra country con el contrapunto pastoral de una flauta en Family doctor. En general, Bread es una caja de sorpresas. Y un revulsivo fantástico para el buen humor.

 

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