Hay unos cuantos motivos para hablar mal de Elton John. El principal, la gran cantidad de trabajos cursis, inanes o irrelevantes que se le han ido acumulando en la discografía de veintimuchos años a esta parte; sospechamos que desde Leather jackets, un trabajo que, según admisión propia, nunca debió haber visto la luz. Los argumentos accesorios son más estéticos que otra cosa, pero duele comprobar que aquel tipo disparatado, sagaz, hilarante y lúcido de los primeros años setenta ha ido perdiendo la batalla frente al señor lacrimógeno que hoy conocemos (y a veces parodiamos). Y, con todo, Elton mola. O molaba. Muchísimo hasta 1977, un periodo fértil y muy, muy inspirado. Y ocasionalmente también después, como en este álbum de 1984 que casi nadie contempla y aquí no nos importa en absoluto reivindicar. No solo por Sad songs (Say so much), single impoluto y única pieza que ha resistido a los latigazos del olvido. También por la estupenda Passengers, que, salvando las distancias, adelantaba en dos años los paisajes luego desarrollados en Graceland, de Paul Simon (el vídeo no tiene perdón de dios, pero es divertido revisitarlo). Por In neon, baladón redondo pero no pringoso. O por Did he shoot her?, que tiene un punto pachanguero sin perder la elegancia. Y por ese tema central, tan acústico e irreprochable, que hace bueno la teoría de que un gran título esconde siempre una buena canción. Y eso de Romper corazones (ya no es lo que era) encaja en la definición del epígrafe afortunado. Añadamos Who wears these shoes o Slow down Georgie, que en los directos de la época debían de sonar bastante poderosos, y tendremos un álbum mucho mejor de lo que recuerdas o sospechas. Una joya semioculta en la insondable maraña discográfica del amigo Elton.

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