De chavalitos nos fascinaba la mera existencia de un disco como “In-a-gadda…”. En primer lugar, naturalmente, por ese título estrafalario e incomprensible, como de chiste sobre gangosos; no era fácil colegir que se trataba de una deformación de “In the garden of Eden”, solo que pronunciado a horas y en circunstancias poco saludables. Y luego estaba el hecho de que el tema titular se prolongara durante 17 minutos y ocupase una cara entera, heroicidad que creíamos reservada a nuestros ídolos de la cosa progresiva, tan dados a sus sinfonietas delirantes. “In-a-gadda-da-vida”, el tema, era otra cosa; en realidad, una afilada canción que se alargaba ‘ad libitum’ en una especie de rivalidad entre los músicos para determinar quién aguantaba más vueltas sin que le crujieran los huesos. Sentimos recordar a los desmemoriados que incluso se cuelan 150 segundos de solo de batería. De la Mariposa de Hierro, en realidad, recelábamos un poco: nos reencontrábamos cada mes con este disco en las páginas del Boletín Informativo Discoplay (BID), que era el Amazon de la época postal, pero aparecía referenciado junto a la cosa metalera de Led Zeppelin, Black Sabbath, Uriah Heep o Vanilla Fudge. Al final, cuando este disco entró por derecho en nuestras vidas, el BID era ya un recuerdo de señores mayores y el proyecto del vocalista y organista Doug Ingle, un grupazo que no llegó tan lejos como debiera. Y en el que los ácidos californianos acababan pesando más que el ‘heavy metal’. A la cara A se le prestaba menos atención, pero “Most anything you want”, con su órgano a lo The Doors y esos coros desmesurados, molaba todo. O “Termination”, que no sabías si vincular con Canterbury o Syd Barrett. La lisergia, señores: un quebranto sanitario, una bendición para los oídos.

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