Cuidado, este inglesito de 27 años puede protagonizar por nuestros contornos una importante sorpresa. Y más pronto que tarde. Apenas conocido aquí más allá de su inmenso éxito internacional “Hold back the river”, recuerdo haberlo visto hace ahora tres primaveras, en el escenario principal de la Isla de Wight, organizando un colosal festín aunque en aquel preciso momento diluviara como si asistiéramos al mismísimo fin del mundo. Ahora ha prescindido de su icónico sombrero, pero a James Bay sigue reconociéndosele con nitidez, y eso que este segundo álbum parece calculado al milímetro para ampliar las miras, la paleta y, ya de paso, el público. La solemnidad góspel de su canción emblema reaparece ahora en “Us”, que huele a himno (y no digamos ya frente a un auditorio numeroso) desde el primer compás. Las guitarras se amigan con ramalazos electrónicos en “Sugar drunk high”, que exhibe una producción abrumadora, de postín, justo en el límite del exceso. “Stand up” recurre de inicio al “vocoder”, que se ha convertido en un ingrediente obligatorio si queremos dárnoslas de gente a la última, y la mejor sorpresa la proporciona “Wanderlust”, tan adictiva como si Lindsey Buckingham le hubiera susurrado al oído unas cuantas frases. Hay pop facilón, sí, desde la machacona “In my head” a ese “Wasted on each other” que no parece la mejor elección como apertura. Pero queda la sospecha de que hay mucha música en la cabecita de este muchacho, menos romanticón que Ed Sheeran y no tan presto al sollozo como Sam Smith, pero con evidente potencial como próximo ídolo de masas.

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