Martin Stephenson tenía porte de Billy Bragg, pero alma de Van Morrison. El hombre de visera proletaria y camisa a cuadros que abraza la guitarra desde la portada remite a sus orígenes humildes en Durham, en el noreste de Inglaterra. La propia apertura del álbum, Left us to burn, servía para que su nombre engrosara la larga lista de trovadores británicos que demostraban a golpe de canciones su muy escaso aprecio por la figura de Margaret Thatcher. Pero avanzando por el repertorio acabábamos recalando en Too much in love, con sus metales algodonosos y esa sensación de que el celtic soul trascendía de Belfast para erigirse en lenguaje universal.

 

El propio Stephenson simbolizó ese eclecticismo llevándose los bártulos hasta Los Ángeles y poniéndose a las órdenes de Pete Anderson, uno de esos productores propensos a calarse el sombrerito vaquero a la menor oportunidad: eterna mano derecha de Dwight Yoakam, tampoco ha sido raro verle junto a Michelle Shocked, Steve Forbert y todo lo que huela a raíz, tex-mex, blues rock o rockabilly. De ahí el eclecticismo de un álbum adorable que debió catapultar a Martin pero le dejó en el capítulo de las eternas promesas. Los dos trabajos anteriores, el delicioso Boat to Bolivia (1986) y el áspero Gladsome, humour & blue (1988), auguraban la consolidación de un grande de la canción británica con raíces folkies, pero nadie dijo que en este mundo imperase la justicia. Al menos, no siempre.

 

Tampoco nos ofusquemos. Stephenson ha seguido dando tumbos, aquí y allá, pero los trienios solo abundan en la sensación de que el repertorio de Salutation road, además de versátil, era incorruptible. El Hammond coloreaba la evocadora y muy terruñera Big north lights (“Las luces norteñas son luces humildes, amigo”). We are storm era similar en espíritu y humedad relativa del aire, pero con un teclado más etéreo. El bagaje de los ritmos latinos inyectaba sabrosura a la sorprendente Long hard road y los metales atribuían una intencionalidad jazzística a Heart of the city. Incluso Morning time entroncaba con el country y Salutation road, con un pasacalles por Nueva Orleáns. Ya en el nuevo siglo llegaría el delicioso irlandés Jerry Fish (antes, en An Emotional Fish) para emprender un camino muy similar. Pero Stephenson, que conste, había sentado mucho antes las reglas en este juego trasatlántico.

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